ROXANA BLANCO

El cine para mí es viaje

  • Texto: Mariángel Solomita
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  • Fotos: Bernardette Laitano
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  • Video:Santiago Olivera
  • Nombre: Roxana Blanco.
  • Profesión: Actriz.
  • Filmografía: 'Alma mater' (2005), 'Matar a todos' (2007), 'Nochebuena' (2008), 'El sexo de las madres' (2012), 'La demora' (2012), 'El muerto y ser feliz' (2012).
  • Referentes: Ingmar Bergman, Isabelle Huppert.
  • Proyectos: Teatro en la Comedia Nacional.

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Roxana Blanco necesita sentir la presencia de cierta cadena para ser libre. Hoy eso que la sujeta y estabiliza es vivir en Montevideo e integrar el elenco de la Comedia Nacional, comprometerse con las fechas establecidas para las funciones, cumplir con los ensayos, rodearse de sus colegas actores. La actriz más internacional de este país no quiere viajar más. Filmó seis películas, tres de ellas en el exterior. Asistió a unos 60 festivales de cine; fue invitada a muchos más. Estos números son fuertes puertas adentro, quizás solo igualados por algún director de extensa carrera u otro actor: César Troncoso.

La primera vez que entrevisté a Roxana acababa de terminar el rodaje de La demora y hacía una noche que había llegado de conocer en Buenos Aires a José Sacristán, su compañero de elenco en El muerto y ser feliz. A su casa, en el centro de la ciudad, le faltaba desorden. Su primer gesto fue mostrarme una habitación pequeña donde una repisa lucía discretamente una docena de estatuillas que premiaron su actuación, y sobre la cama una valija abultada esperaba ser desarmada. Me dijo que siempre tenía una valija pronta y sacó una edición un poco antigua de Los hermanos Kamarasov.  Llevó ese libro a cada viaje pero nunca lo leyó. Descalza se sentó en una alfombra mullida, nueva y que todavía no había disfrutado. La charla de ese día fue extensa, lúcida y confusa. Roxana no estaba en un buen momento: planteaba esa contrariedad de saber que su carrera ya había despegado, acababa de protagonizar un papel duro pero muy bueno, estaba a punto de interpretar junto a Sacristán un personaje escrito especialmente para ella, y sin embargo no se sentía feliz.

La volví a ver luego de ese rodaje. Luminosa, feliz y otra vez contradictoria. Me contó que su mejor momento en la grabación fue cuando en un bar perdido del norte argentino representó la obra Kassandra para el equipo. En ese momento Roxana habló de lo bueno que había sido viajar.

Unos meses después los diarios hicieron pública su decisión más personal: la actriz más cinematográfica del Uruguay se sumaba al elenco más estable del teatro local. Cuando se estrenó La demora Roxana no viajó al Festival de Cine de Berlín, apenas llegó al de Punta del Este -y tarde, porque la retrasó el ensayo de La Orestíada. Parecía feliz de estar en esa sala de cine, caminando entre unas luces no tan fuertes y por una alfombra roja no tan roja.

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Mientras se fijó el encuentro para esta entrevista me crucé a esta actriz al menos tres veces por las calles de Montevideo. Cuando llegó al encuentro, antes de prender la cámara, pidió disculpas: sus respuestas siempre cambian y si en un año releyera las palabras que siguen las comprendería, pero ya no serían parte de su presente.

¿En este momento de tu vida estás eligiendo al teatro?

—Yo creo que sí, siempre lo elegí. Ahora estoy tomando una decisión que es no viajar tanto.

Porque tú concebís al cine acompañado de viajes…

—Claro, filmé tres largos acá y tres afuera, los rodajes afuera implican mucho tiempo: ir a conocer  a la gente durante la pre-producción más los ensayos, más el rodaje, más ir al estreno más la época de festivales. Y las películas que rodamos acá siempre han ido a festivales, a muchos, y tú tenés que acompañar, entonces el cine para mí es viaje.

¿Disfrutás de rodar más en Uruguay o en el exterior?

—Bueno… los rodajes en el exterior tienen una cosa linda que es como que te vas de campamento a los 18 años; tenés esa sensación del tiempo. Pero creo que he disfrutado más… depende qué película, creo que El muerto y ser feliz como fue una road movie y fue movimiento, la disfruté más. Vos me decías que me ves siempre en movimiento y yo creo que sí, que disfruto de estar siempre en movimiento. También en los rodajes afuera he estado muy sola, hay momento en que después de tantos meses con todo un equipo extranjero comenzás a sentir esa sensación de extranjera que a mí me duele mucho, porque eso es que también necesitaba volver a Montevideo y quedarme acá un poco quieta.

¿Cómo vivís la preparación para llegar a un rodaje?

—Son como dos meses de trabajo previo, o más. Es bien un estado. Yo me acuerdo de Alma Mater que fue mi primera película y los primeros días estaba desbordada de alegría, tenía toda la energía y el tercer día me quería matar. Me di cuenta que hay que cuidar, reservarse y estar muy calma. Yo logro esa concentración, logro esa cosa de estar en personaje -aunque creo que no hay personaje, pero bueno- de estar en mí, en mi centro, muy concentrada. Tenés que tener mucha paciencia y mucha tenacidad, mucha pasión. Un rodaje se puede volver en tu contra, hay mucha distracción, mucha cosa que… No sé, por ahí acostumbrada al mundo del teatro que son esas guardias de ensayos intensas, es muy distinto. Por un lado es apasionante estar en un buen equipo si tenés algún amigo cerca, porque son muchas horas, muchos días y muchas veces lejos de tu hogar.

—¿Crees que cualquier actor puede trabajar en cine?

—Creo que sí. Si hablamos de actores modernos, de actores inteligentes, sensibles, responsables, creo sí. Es un tema de códigos, de tener mucha confianza en el que te está dirigiendo y que esa persona que te está dirigiendo tenga mucha confianza en vos. Creo que los actores estamos preparados para distintas técnicas, para tener una cámara cerca, para estar en un teatro pequeño o en el Solís, o ir a una plaza a actuar, o ir a un evento con un micrófono, esas cosas creo que las dominamos, por lo tanto estar frente a una cámara, si los actores se sacan el miedo del ‘no lo voy a poder hacer’, creo que cualquiera puede.

—¿Tuviste ese miedo?

—Sí. En Alma Mater era un miedo mucho más profundo y Álvaro Buela me lo quitó y fue muy interesante la relación con él porque yo tenía un miedo narcisista me parece, y eso me lo dijo él.  Estaba haciendo grandes cosas en teatro, le decía que no a todas las cosas de cine, a Álvaro le decía ‘no quiero quedar inmortalizada en una cinta’, ‘cuando hago obras en el teatro traspasa eso y queda solo en el recuerdo del espectador que la vio, y en una película voy a quedar para la posteridad, ¿y si quedo mal?’ Y él me decía ‘¡Qué narcisista que sos!’. Me acuerdo cuando me dijo eso y yo dije, ‘no, yo tengo que combatir el narcisismo’, y me convenció. Y te das cuenta de que tampoco es tan importante y que tampoco te va a terminar viendo todo el mundo. Y me metí en Alma Mater y para mí fue alucinante porque trabajar con él fue divino, y la película para mí es una gran película, de todas tengo la camiseta puesta, pero creo que el tema que toca Alma Mater es impresionante, y además es mi primera película y hay una comunión especial con tu primera película, no te olvidas más, es como un primer amor.

Roxana Blanco (original)

—Y después siguió Matar a todos, en la que te sumaste poquito tiempo antes del rodaje.

—10 días antes del rodaje, me llamaron y me dijeron ‘tenés que subirte a un carro que ya arrancó y sos la protagonista de la película’.  Y qué protagonista. Es una película que me dignifica en cuanto al tema y cómo está hecha. Esteban Schroeder es un director muy cálido para trabajar. Matar a todos fue meterme en una problemática del país que conocía pero no mucho, meterme en el tema de las dictaduras, en el Plan Cóndor, de lo implicada que estaban las democracias en supuestos tiempos de paz: todo lo que le pasó al personaje, que iba descubriendo ese horror, a mí me pasaba también, pensaba ‘yo estaba ciega, yo no conocía esto, qué horror’. Fue un aprendizaje a todo nivel.

—Y en La demora fue un aprendizaje más personal: te enfrentaste con la vejez de los padres.

—Fue impresionante. Es un tema tan universal, choqué con una realidad que todos vamos a vivir en un momento. Me parece que La demora es genial en la universalidad que toca, me parece que nadie queda impune después de ver esa película, y de hacerla ni te digo…

¿Fue el personaje más duro de interpretar?

—Yo creo que sí, sin duda, porque además la forma que tiene Rodrigo Plá de narrar, de filmar es como un reality, ¿no? Es estar adentro, ser el personaje. Porque Alma Mater daba juego a una teatralidad, tenía ahí una actuación, Matar a todos daba una posibilidad, esa mujer en un mundo masculino, había un espacio para jugar con la seducción, con cosas que uno entra y sale, pero en La demora nada. Ni siquiera era mostrarla, era sentirla y la cámara la va a mostrar. Sentir el ahogo, sentir las arrugas, las ojeras, las canas, fue enfrentar una imagen mía en una edad en que la mujer empieza a dudar de todo. Fue poner un primer plano ahí; durísimo. Creo que el resultado se ve, pero fue la que más me angustió, sufrí el rodaje, pasé mal, deseaba que terminara, ¡estaba deseando cortarme el pelo, teñirme e irme a una piscina a tomar un jugo!

¿Sacrificás tu emocionalidad a veces a favor de cumplir con un personaje como este?

—Hay un vínculo un poco perverso con uno. Yo a veces digo que no me pasa nada, y es que no hay otra en el cine. El teatro te permite más esa teatralidad de que no sos el personaje, mostrás el personaje y además me gusta como modernidad hacer eso. Yo creo que el teatro tiene que recurrir a eso ya. Lo de la famosa “cuarta pared” y de hacer creer al público en el teatro por medio del naturalismo, no: para eso está el cine. Entonces si en el teatro no podemos traer una lluvia, mostrémosla. Mostremos cómo la simulamos, eso fantástico que hace en su obra Roberto Suárez (Bienvenido a casa, 2012): mostrar los artificios del teatro. En el cine -salvo Javier Rebollo que muestra los artificios del cine y que en ese punto me parece que entra en una cosa muy de vanguardia- me parece que tenés que ser el personaje: el cine todavía es la cuarta pared. Entonces me parece que si aceptás ese código, hay que ser el personaje, no tenés otra opción, y ahí se sacrifica la emocionalidad. Y sos lo que querés, es muy difícil imitar a otro, tenés una cámara adelante y tenés que sentir cosas y para eso tenés que apelar a las cosas que vos sentís y cómo vos las sentís. Tiene mucho riesgo emocional, sí.

¿Qué tanto preparás a los personajes?

—Yo preparo más que nada las condiciones para que se prepare el personaje en el rodaje. Trato de dormir bien, estar tranquila, cuidarme, estar en un momento estable, tener mi casa ordenada… Después hago toda una estructura de lo que es el guión y el plan de rodaje, yo lo necesito mucho, molesto mucho al asistente de dirección con este tema porque necesito saber cuándo es que se filma la escena 88, cuándo se filma la 89, para poder medir mi energía más que a mi personaje. Me voy haciendo gráficas. Hay una cosa de energía. Yo el día de la escena 89 quiero saber qué me pasaba en el rodaje, qué me pasó con el compañero, qué me pasaba a mí con mi cuerpo, trato de llevar un registro así cuando viene la 90 trato de poder recordar. Hablo de una energía del actor, que es la que yo domino en el teatro, la que conozco mucho, entonces trato de trabajar con eso: recuerdo y trato de colocarme en el mismo estado. Si en la 89 me peleé con el director trato de pelearme en la 90 porque sé que me va a generar esa misma energía. Para eso llevo un diario con pequeñas anécdotas, para darle continuidad a esa energía y porque a veces estás muy solo. Rodar afuera de tu casa implica: o fiestas todos los días o terminar en el hotel, no tenés muchas opciones más. No vas a conocer otra ciudad ni a visitar museos. Y el equipo de rodaje es tu familia en ese momento, es una cosa muy extraña la que sucede, a mí me gusta estar en el rodaje, en silencio, en presente. Insisto en el presente y para mí eso es teatral, por eso siento que mi preparación es teatral pero no en el sentido declamatorio sino teatral en cuanto al presente puro, y yo en cine actúo en el presente también. Me gusta.

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¿Qué te molesta del cine?

—Hay ciertas cosas con la parte técnica, puede ser una paranoia personal pero hay como un burlarte del actor, que se puede considerar un divo insoportable, creo que algunos pagamos esas tonterías que otros han pedido, o se les considera sobre-actuados. Siento por lo general como una mirada de desconfianza entre el actor y el equipo. El director es el que debería mediar para que esa desconfianza no suceda pero muchas veces es el que la genera cuando delante de todo el mundo te dice ‘no seas sobre-actuado’. Creo que hay que cuidar mucho al actor como cuidás mucho al foquista. Tengo claro que todos somos eslabones de una misma cosa, pero el actor está ahí en ese momento, está jugando con sus emociones, está poniendo su cara, me parece que tiene un plus de estrés que no se debe subsanar con cachets exagerados ni con jugos extras pero sí con un trato no-extra, de respeto justo.

¿El muerto y ser feliz es la película que recordás con más cariño?

—Capaz que porque es la última; a todas le tengo cariño. El muerto y ser feliz fue muy apasionante por tener a Javier Rebollo como capitán del barco. Es una persona especial, única, cómo contagia a un equipo es algo que todos notamos, todos están implicados, hasta la asistente de la vestuarista me decía que sentía pasión por este proyecto. Es un tipo que te ve y te dice ‘ah pero hoy estás un poco más triste, cambiamos todo, aprovechamos a que la actriz está triste y hacemos otras escenas’. Es esto del presente del que te hablo, es un tipo que juega con las pasiones y con la improvisación y con decirte la palabra justa para que en ese momento te rías y te cace la cámara, juega con lo imprevisto, y a mí eso me encanta. Y con el amor. Yo no tengo ningún problema con el cambio por los imprevistos en el cine, yo me presto para el imprevisto.

Elegir actuar como medio de vida, ¿qué implica?

—Hoy esta pregunta se hace más interesante porque estoy eligiendo entrar en la Comedia Nacional que es una cosa que te permite vivir cómodamente y te exige una gran responsabilidad que cambia un poco tu conducta porque hay como una responsabilidad como de ser social. Estás integrando una comunidad, hay un lugar de pertenencia, un lugar que te representa donde tenés que cuidar mucho los vínculos porque van a acompañarte mucho tiempo. Hay como una salud, que yo necesito, en eso de ser hoy la protagonista y mañana no. Eso es lo que tiene estar en un grupo estable y era una cosa que yo tenía que hacer en algún momento de mi vida.