RAINDOGS

Perros auténticos

  • Texto: Diego Faraone
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  • Fotos: Nicolás Pereyra
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  • Video:Santiago Olivera
  • Nombre: Germán Tejeira, Julián Goyoaga.
  • Profesión: Cineasta, Cineasta.
  • Filmografía: TEJEIRA: cortometrajes 'Matrioshka' (director y guionista), 'El hombre muerto' (co-director). Largometrajes 'Ojos de madera' (en post producción – co-director y co-guionista), 'Anina' (co-guionista, co-montajista y productor), 'Una noche sin luna' (en post producción - director y guionista). GOYOAGA: cortometrajes 'Tanto tiempo' (dirección, guión), 'Matrioshka' (co-dirección, guión, montaje), 'El hombre muerto' (dirección, guión, montaje), 'El cuarto de Leo' (montaje), 'Anina' (producción ejecutiva, montaje, guión).
  • Referentes: TEJEIRA: Marcel Keoroglian, Daniel Melingo, Roberto Suárez, Julián Goyoaga, Alfredo Soderguit y Francisco Garay. GOYOAGA: Nanni Moretti, Tom Waits, Stanley Kubrick, Sally Menke, Roberto Suárez, Horacio Quiroga, Orson Welles, Takeshi Kitano, Fernando Cabrera, Martin Scorsese.
  • Proyectos: TEJEIRA: documental 'Roslik. Sospechosamente rusos' (co-guionista y productor), una serie de TV, aún sin nombre (director y guionista). GOYOAGA: documental 'Roslik. Sospechosamente rusos' (dirección, guión), 'Una noche sin luna' (producción ejecutiva, montaje.)

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El apartamento de Germán Tejeira, su guarida y uno de los principales espacios de trabajo para los miembros de la productora Raindogs, es un viejo caserón de unos noventa años ubicado en los límites del Centro y la Ciudad Vieja, provisto de un gran ventanal y de una panorámica imponente. Desde allí puede verse el Puerto de Montevideo y los techos de las viviendas: claraboyas, edificios deteriorados que se iluminan con la puesta de sol. En el amplio interior conviven artefactos añejos (un viejo proyector, un tocadiscos, una estufa quema-tutti) junto a libros, pósters, cuadros, rollos en fílmico, mezcolanza que refleja de algún modo la amplitud estética de la productora, así como su múltiple incorporación de referencias culturales. En un living agradable y acogedor, Germán Tejeira y Julián Goyoaga hablan sobre sus películas sin señalar diferencias de autoría.

—¿Cuándo se conocieron ustedes?

—GT: En el 2001, en la Escuela de Cine del Uruguay (ECU). Estudiamos juntos y egresamos en el 2004.

—JG: Yo soy ingeniero en computación, había hecho antes la Universidad de la República y después me anoté en la ECU.

—¿Y al egresar de la ECU ya fundaron Raindogs?

—JG: Ya teníamos la idea de hacer algo antes, durante la escuela habíamos visto que nos gustaba laburar juntos, y se fueron generando las ganas de hacer algo después. Raindogs es el nombre de algo que fue sucediendo de a poco, nos pusimos a escribir algunas cosas, llevó un tiempo desarrollar la idea de lo que queríamos. Pero fue una consecuencia de como laburábamos en la ECU.

—Rain Dogs además de ser el título de un disco de Tom Waits, ¿tiene para ustedes una significación especial?

—GT: Sí, pero también reconocemos que es un nombre difícil de pronunciar, poco mnemotécnico. La gente no lo recuerda. Refiere a los perros que cuando llueve no pueden volver a su casa, hay toda una historia de la que habla la canción que tiene que ver con la orfandad de los perros, un espíritu nocturno y onírico.

—JG: Cuando le preguntaron a Tom Waits sobre la significación había dicho que son perros que, al borrarse el aroma por la lluvia, no pueden encontrar de vuelta el camino, tienen ganas de volver a su casa pero no pueden hacerlo. Es como la idea general del disco y la canción habla metafóricamente de la gente que está en esa situación de calle, de soledad, o que les cuesta encontrar su camino.

Rain Dogs Original 1 564—¿Serían entonces como unos perros atormentados?

—GT: Pero sin exagerar…

—JG: Es una linda idea, y un disco que nos gusta mucho a los dos. Pero es un pésimo nombre a nivel de pronunciación y comercial, no sé si es fácil que alguien lo recuerde y reconocemos que es difícil en el sentido en que hay gente a la que le cuesta el inglés, y que le decís «Raindogs» y te dice de qué estás hablando. Más vale decir «productora».

—¿Y con qué expectativas la fundaron?, ¿seguían algún referente particular?

—GT: Las expectativas eran juntarse y tratar de hacer películas sin tener idea de cómo se hacían, y en eso seguimos…

—JG: Más que nada fue buscar un camino propio, estaba la posibilidad de escribir una historia y dársela a un productor que ya hubiera hecho películas antes, pero nos dimos cuenta de que también iba a ser difícil, entonces preferimos nosotros mismos encontrar nuestra propia forma. Siempre si es uno el responsable y al que se le puede echar la culpa de por qué las cosas no van tan rápido es mucho mejor, porque también se puede tratar de encontrar soluciones. Pronto encontramos otra gente, Alfredo Soderguit y su proyecto de animación (Anina) que también tiró un poco del carro y permitió que otros proyectos se pudieran ir desarrollando en paralelo.

—Ambos se dieron a conocer con sus respectivos cortos, y especialmente con Matrioshka (co-dirigido por ambos) y El hombre muerto (co-dirigido), y quienes los vimos en su momento intuíamos que aparecerían de vuelta en algún momento ¿Se sienten orgullosos de esas cartas de presentación?

—GT: En lo personal orgulloso no sería la palabra. Matrioshka para mí fue un proyecto buenísimo para aprender cuestiones formales, del lenguaje cinematográfico y del rodaje en sí. El hombre muerto a nivel anímico, personal, me parece que es un corto que está mucho más logrado y que respira otro aire. Matrioshka está muy cerrado en sí, pero creo que en ese momento fue maravilloso como enseñanza.

—JG: A mí me gustan los dos, obviamente lo que siempre pasa es que después lo ves y te gustaría haberle hecho otras cosas. Siempre uno les encuentra errores formales, cuestiones de guión. Pero siento que los sigo disfrutando.

Y ahora que están por sacar un par de largometrajes (Una noche sin luna y Roslik. Sospechosamente rusos), ¿creen que conceptualmente sus películas tienen elementos en común?, ¿dirían que Raindogs tiene un perfil en particular?

—GT: Yo creo que sí, que lo que nos mueve a hacer películas es el amor por ellas, por esas historias. No colocamos como una brecha por la que digamos «hagamos esto así porque puede funcionar comercialmente». Hacer una película significa estar muchísimos años de la vida peleando por eso, entonces si uno no cree profundamente en esa causa es una sensación muy frustrante y desgastante, y vas abandonando cosas por el camino. Si querés llegar al final tenés que estar muy convencido con eso. Lo que nos pasa es que tenemos proyectos que son bastante diversos; a nivel de temáticas, de técnicas y de valores de producción son muy diferentes. Pero sin embargo creo que tienen muchos puntos en común que tienen que ver con la honestidad narrativa y con el fervor por querer contar esas historias. Cuando perdamos eso dejaremos de ser lo que somos. Siempre es más fácil saber lo que uno no es que lo que uno es.

—Y en el mapa cinematográfico local, ¿se sienten cercanos a algún cineasta?

—JG: Es difícil la pregunta, porque, ¿qué quiere decir cercano?, estamos todos cercanos porque todos nos conocemos, estamos en la vuelta. Decir que no vemos lo que hacen los demás es mentira, hay referencias que uno toma de lo que pueden hacer los colegas, pero tampoco es que sigamos un perfil.

—GT: Tiene varias aristas el tema, yo me siento cercano a un montón de gente, desde lo objetivo, por tener gustos parecidos. Como influencia cinematográfica yo creo que puede haber alguna, pero en general ellas vienen desde afuera; como tenemos una cinematografía aún pobre, por cada película uruguaya vemos cincuenta películas extranjeras que seguramente tengan mayor influencia.

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—Ustedes trabajan mucho con los mismos actores (Roberto Suárez, César Troncoso, Marcel Keoroglian), ¿les es útil este respaldo actoral en particular?

—GT: A mí me pasa que tengo unos pocos amigos actores, muy amigos, y que me gusta escribir para ellos desde el primer día en que me pongo a redactar el guión. En ese sentido me siento muy cómodo y llegar a rodar con ellos es lo más lindo que hay porque te conocés mucho, podés llegar a otros niveles de confianza. No creo en el casting, estoy en contra de someter a los actores a un casting, en ese tipo de cosas soy bastante radical, es una lucha contra el tiempo, una competencia contra colegas por un papel, y me parece que no resuelve el problema de encontrar ese personaje. El tipo puede tener un mal día y quedar afuera por eso, no me parece una buena herramienta. Para Anina hicimos casting para dar con la niña principal y aún así ella apareció por otro lado. En Una noche sin luna todos los actores fueron invitados por una razón u otra.

—¿Era gente conocida de antes?

—JG: De los tres personajes principales Germán escribió pensando en ellos (Daniel Melingo, Roberto Suárez y Marcel Keoroglian), incluso antes de saber si querían estar o no.

—GT: Sí, y el resto de los actores fue apareciendo según íbamos viendo películas, obras de teatro…

—JG: En el caso de Roberto Suárez está con nosotros desde siempre, es el único que estuvo en los cortos y en los dos largos que hemos hecho hasta ahora. Es una persona con la que te sentís muy cómodo trabajando, en la forma, en el método de trabajo, en la búsqueda que hay. Te da un respaldo porque es gente que se tiene mucha confianza, en los que nosotros confiamos y que también deposita confianza en nosotros; eso simplifica el camino de «encontrar» al personaje.

—Los dos escribieron, montaron, dirigieron y también producen, ¿en cuál de esas áreas se sienten más cómodos?

—GT: Me gustan todas pero sobre todo disfruto de hacer el guión técnico y de dirigir actores. La producción siempre es un poco más agria porque tenés que hacer trámites, pagar cuentas. Sin embargo la producción desde otro lugar, el pensar cosas y priorizar aspectos, también es un espacio muy creativo y rico. Creo que dirigir tiene sus cosas hermosas y otras más complicadas.

—JG: Yo me siento muy cómodo editando, ya cuando no queda nadie más que uno, cuando te reencontrás con todo lo que durante tanto tiempo fue generando la película. Es un momento muy creativo, en el que se logran cosas muy interesantes, tenés más posibilidad de reflexión, de buscar otras cosas que de repente no habías pensado antes.

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—¿Ustedes filman pensando en un público? ¿Creen que hay un público uruguayo para su cine, les importa eso?

—GT: Con Anina nos pasó mucho de hablar y tener discusiones, porque en algún momento la película tenía zonas de influencia de directores como Guy Maddin, Jim Jarmusch o Béla Tarr, pero decíamos «ta, pero esto tiene que ser para niños», hay otras escenas que son más de aventura, que tienen un ritmo y que están pensados para que el niño se entretenga. Ahí estábamos pensando en el público, no fue filmar caprichos personales de gente que le gusta el cine y no piensa en el público. Nos importa llegar con la emoción al público y por eso hacemos cine. El problema es cuando uno es «tribunero», cuando se piensa en el público como en la necesidad creada del común denominador. Eso está mal, no es el camino porque ahí no vive el arte, es otra cosa. Pero pensar en el público creo que es algo legítimo y positivo, porque el cine es una herramienta de comunicación.

—JG: Es un tema de honestidad también, la novela de Anina ya era para niños y adolescentes y sabíamos que la película iba a tener públicos objetivos, que iban a ser estos. Uno tiene que tener eso en cuenta y no está mal mientras sea honesto, siempre que no ponga cosas que no siente, chistes fáciles, por ejemplo. Del público de El hombre muerto no tengo idea, es otra cosa y habrá gustado o no, capaz que el lector de Horacio Quiroga lo puede disfrutar, no sé. Ahí es más difícil para mí decir «se hizo pensando en este público». Lo que nos sale decir es que hacemos lo que nosotros querríamos ver como espectadores. Creo que eso es honestidad y me parece algo básico, hacer algo que no te gusta no es el camino y probablemente te salga mal.

—¿Y en las proyecciones de Anina en otros países, el público reaccionó de acuerdo a como ustedes esperaban?

—JG: De repente en una proyección se reían por zonas, no se da algo uniforme. Me parece que los públicos son diferentes: de repente el público alemán es más distante en algún sentido, pero también muy concentrado en la película, por momentos reaccionaban como nosotros pensábamos y por otros no. De todas formas para mí el gran test es ahora, la película es universal y creo que la puede disfrutar el público de todos lados, pero bueno, niños con túnica y moña sólo hay acá en Uruguay, entonces está bueno eso, cuando yo era chico no podía ver películas de este tipo…

—En determinado momento comenzaron a trabajar en un mismo espacio con la productora de animación Estudio Palermo, ¿a qué creen que se deba la conjunción?, ¿comparten un estilo en común?

—GT: Nos juntamos porque somos muy amigos con los integrantes de Palermo, había un cuarto vacío con un precio realmente conveniente y nos mudamos para ahí. Empezamos a trabajar, surge Anina y las cosas confluyeron bárbaro. Lo más común es la yunta de amigos, tenemos ahí una suerte de «club social», viene gente, saluda, se queda un rato charlando. Se generan ambientes muy agradables y tenemos ganas de seguir trabajando juntos en los proyectos en los que podamos confluir, y cada cual por su lado sigue con los proyectos propios.

La animación suele ser un género muy caro ¿Qué posibilidades de retorno económico puede tener Anina? ¿Que posibilidades tiene el cine de animación uruguayo?

—GT: ¿Podemos responder esta pregunta dentro de cinco meses? Cualquier cosa que diga me parece que va a ser errónea… La animación en Uruguay tiene gente muy buena, técnicamente brillante, se pueden hacer cosas excelentes. El mercado de la animación mundial lo manejan tres o cuatro empresas, que no están en Sudamérica. Apenas quedan brechas para lo independiente, circuitos de nicho que capaz que si lográs meterte te puede ir bien y se puede vivir de eso.

—¿Con circuitos de nicho te referís a festivales internacionales?

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—GT: Claro, o meter la película en algún circuito comercial. Como esas que cada tanto vienen de países raros, como Persépolis, Las trillizas de Belleville. Igual en el cine de ficción el gran éxito o la gran plata no existe. Eso lo hacen otros tipos, en otros países; nosotros podemos apuntar simplemente a vivir de esto, y eso ya es muy placentero.

 —¿Viven de esto?

—GT: Yo sí.

—JG: Yo hago otras actividades, pero aspiro a poder vivir de esto. Hay una realidad y es que en Uruguay hay poca gente para el cine, si lográs que vayan a ver tu película 100 mil personas sigue siendo poco para una película que vale medio millón de dólares (por lo general valen más). El mercado uruguayo nunca va a ser suficiente. Hay que ver cómo hacer que las películas consigan financiación de otros lados, y eso implica que las películas se transformen. Una noche sin luna es uruguaya-argentina, con actores argentinos, y por suerte ya había sido pensada así; a veces también tenés que adaptar lo que estás haciendo para que la película pueda entrar a otro lado, conseguir co-producción con otro país, etc.

¿Es verdad que nunca filmaron publicidad?, ¿no lo hacen por alguna razón en particular?

—GT: En lo personal, lo que necesito para subsistir no es demasiado: no tengo hijos, puedo manejarme con cierta libertad, no tengo una voracidad de consumo que me lleve a buscar otras entradas. Pero no digo que si el día de mañana mi situación cambia no vaya a hacer publicidad o cualquier otro trabajo.

—JG: El proyecto surgió para hacer películas, y como por ahora lo hemos podido mantener en ese carril, y ese carril nos gusta, nos motiva y nos apasiona, no hemos considerado más opciones. Pero no nos cerramos a nada; por ahora hemos podido volcar nuestro tiempo a lo que nos gusta, ojalá podamos seguir así.