MARCELO CASACUBERTA

Vengo a hacer documentales de fauna

  • Texto: Mariángel Solomita
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  • Fotos: Nicolás Pereyra
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  • Video:Santiago Olivera
  • Nombre: Marcelo Casacuberta.
  • Profesión: Fotógrafo y documentalista.
  • Filmografía: 'Río de pájaros pintados' (largo documental, 2008), 'A orillas del Río Negro' (largo documental, 2010), 'Arácnidos del Uruguay' (largo documental, 2013), 'Ciencia salvaje' (serie documental televisiva, codirigida con Gustavo Riet y Guillermo Kloetzer, 2013).
  • Referentes: Werner Herzog, David Attenborough.
  • Proyectos: 'Fauna de Montevideo' (en etapa de finalización), documental sobre anfibios y reptiles.

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Se llega a la casa de Marcelo Casacuberta esperando encontrar algún animal extraño. Pero hay una gata y una pecera vacía. Cuenta que hasta hace poco tenía unas ranas a las que estaba filmando. Cada día salía con un calderín a cazar la comida de sus personajes; ante las miradas curiosas decía que buscaba bichos para alimentar a las mascotas de su hijo. Durante 17 años Casacuberta fue fotoperiodista, es decir, pasaba el día en la calle sacando fotos de lo que fuera. Una vez dijo que una foto de prensa es una obra de arte que luego pasa a envolver tomates. Desde hace un tiempo sobre todo fotografía animales, una pasión que arrastra desde la niñez y que se concretó en un año de estudios en la Facultad de Biología. Empezó durante una temporada en Estocolmo, cuando puso el lente sobre unos animales que se cruzó en un bosque. Desde ese momento es el más firme explorador del cine de fauna en Uruguay. Hace unos meses su tarea solitaria se cruzó con la de otros dos realizadores apasionados de la naturaleza: Guillermo Kloetzer y Gustavo Riet. Juntos formaron la productora De la raíz Films y lanzaron la serie documental Ciencia salvaje que actualmente emité TNU. El trabajo colectivo podría ser un cambio en la forma de hacer documentales de este entrevistado. Además su nombre va sonando cada vez más entre los miembros del sector cinematográfico local, con una mezcla de desinformación e interés por su tarea. Lo que sigue, es una muestra de la persistencia de un fotógrafo inquieto por registrar el comportamiento de los animales y compartirlo con un público que, para su sorpresa, es mucho más grande del que se podría creer. 

—Acabás de ser jurado del FONA en la categoría documental ¿Es la primera vez que tenés esta función?

—Sí y fue muy interesante, porque éramos dos uruguayos (junto  a Vasco Elola) y un argentino (Hugo Castro Fau), y entre gente de diferentes orígenes y diferentes grados de experiencia llegamos a los mismos candidatos de entrada. Hicimos un sistema que fue que cada uno elegía sus cinco proyectos preferidos y prácticamente fueron los mismos para los tres. Yo sentí que fue interesante porque no estuve tan errado y es mucha responsabilidad, tenés muchos proyectos, los fondos no son ilimitados y sabés que mucha gente que no obtiene el dinero le significa retrasar un año su proyecto. Tenés que estar muy seguro de lo que respaldás.

—¿Sos de ver cine documental?

—Soy, pero de forma muy irregular. A veces lo que pasa es que la misma producción te absorbe tanto que después de estar dos o tres días filmando y editando quedás muy cansado mentalmente como para ver un documental. Yo lo veo como si estuvieras trabajando de chef, probando comidas: llegás a tu casa de noche y te hacés un sánguche y ya está, porque estás saturado. De todas formas sí trato de ver.

—¿Cómo te ubicás en el sector cinematográfico local? ¿Sentís que sos parte o qué estás empezando a serlo?

—Sí y no. Es muy divertido porque el mundo audiovisual en el Uruguay es muy vasto y tiene muchos niveles diferentes, ¿no? Hay un nivel más establecido, con una estructura, productoras consolidadas, presupuestos y hay un grupo de gente que vendría a ser una nebulosa a su alrededor, que es gente que a veces tiene proyectos buenos pero muchas veces no tiene fondos, lo que es probable que termine condicionando el resultado final que capaz, entre otras cosas, puede hacer que no llegue a una sala de cine y quede destinado a un circuito más acotado. Entonces es una especie de constelación en la cual hay planetas grandes, estrellas y cometas.

Particularmente, por el tema en el que me muevo que es fauna y naturaleza, también hay una especie de concepción de que eso es una cosa secundaria. Me ha pasado en festivales de cine documental, me han dicho «mirá, tus películas nos gustan, están muy buenas, pero no las mandes porque no da”. Como que no tienen lugar, se consideran parte de un circuito educativo para escolares y liceales, lindo, agradable de ver, pero no considerado una pieza fuerte.

Su circuito es marginal: va a festivales solo temáticos de naturaleza o de ciencia, o lo presentamos en lugares como “encuentros de clubes de ciencia”. Tengo un documental que está en Youtube (A orillas del Río Negro) y lo han visto unas 78 mil personas, lo cual es mucho. Debe haber películas de Hollywood que van a salas oficiales y que no llevan esos espectadores. Es un pequeño éxito en un circuito paralelo. No soy el único, hay mucha gente dentro de esos circuitos paralelos que se interceptan y entran y salen de los circuitos oficiales y establecidos, y que constituyen lo que es una parte del audiovisual uruguayo.

—Varios de tus documentales se exhibieron en Divercine, un festival dedicado al público infantil.

—Hasta ahora todos mis documentales se estrenaron en Divercine, porque coincidían con el momento del año en que estaban editados; yo tengo una relación casi afectiva con ese festival porque ahí estrené mi primer documental (Río de pájaros pintados, 2008) y hasta gané un premio, entonces siempre se exhiben ahí y con gran éxito. Otro circuito típico en el que me muevo es el de los Centros MEC. Una vez me hicieron una función en Colonia, a las 10 de la mañana proyectaron en una escuela rural donde había niños de 5 ó 6 años y pensé que iba a ser un fracaso; salvo uno, todos lo miraron con atención. A las tres de la tarde lo pasamos en un liceo y a las seis en la Casa de la Cultura, un público todo mayor de 60 años, y les encantó.

Por eso digo que está esa idea de que es un material educativo y escolar pero yo creo que no es así. Cuando me preguntan para qué público es este material, yo les digo que gente entre cinco y 90 años. Hay muchos materiales que no tienen un público acotado, no creo que haya que definir tanto a los públicos.

—¿Por qué creés que es un género tan poco explorado en este país?

—Hay varias cosas. Primero es un género difícil porque requiere un grado de conocimiento, llamémosle biológico, muy especial. Vos podés filmar un documental sobre el candombe y filmarlo bien o mal, pero para filmar un documental sobre los carpinchos o sobre los flamencos, tenés que saber dónde encontrarlos, cómo, qué tipo de vestimenta utilizar, cómo esconderte, en qué momento del año van a estar ahí…Eso para empezar.

Creo que hay una especie de subvaloración de lo que es el público también. Vos ves que hay cadenas internacionales dedicadas exclusivamente o mayoritariamente al tema fauna con índices muy altos de rating. En Uruguay hubo experiencias en los años ’80 como Naturaleza viva y todos la recuerdan mientras que muchos programas de la época, de otros temas, no son recordados. Es una cosa que es apreciada, es vista por un público amplio y con buena respuesta y sin embargo no es buscado por los productores, no terminó de entender por qué es una cosa desatendida.

—¿Presentaste tus proyectos a fondos de financiamiento?

—Me presenté, me presento y me seguiré presentando a fondos especialmente cinematográficos; hasta ahora por ese lado no he obtenido mucha respuesta. Y ahora que fui jurado me di cuenta de que hay 25 proyectos y no hay 25 premios, sino dos o tres. Por más que tu proyecto sea bueno, hay otros 12 buenos. Entonces, otra vez, siempre me he movido en circuitos paralelos como los fondos científicos de la ANII (Agencia Nacional de Investigación e Innovación) que son más puntuales, no de cine sino de educación científica, y buscando sponsors; hay que buscar un poco por cada lado.

—Entonces vas viendo de acuerdo al proyecto, estás terminando uno en el que colaboró la Intendencia de Montevideo.

—Sí, porque es de fauna de Montevideo, y colaboró aparte porque va a exhibirse en unos circuitos municipales. Hay que ir buscando fondos de acuerdo a lo que estás haciendo.

—Tenés tu propia productora, Buscabichos, y desde la producción de Ciencia salvaje sos uno de los miembros de De la raíz films, ¿cómo conviven?

—Ahora pasó eso. Yo estaba trabajando con mi productora ficticia a la que llamé Buscabichos, que básicamente soy yo y contrato puntualmente gente que me ayuda en partes de la edición, en la locución, en cosas muy puntuales. Existe porque cuando te presentás a esos fondos más acotados no podés estar pagándole a otras personas, y por cómo a mí me gusta hacerlo. A mí me gusta filmar porque soy fotógrafo, después el guión lo hago yo, aunque me han ayudado a hacerlo y suelo buscar colaboración. Me gusta estar en toda la cocina. Ahora, este año, nos juntamos con Guillermo Kloetzer y con Gustavo Riet, después de haber tenido una experiencia juntos filmando un documental en la Isla de Lobos, que estaba a cargo de Guillermo pero nos citó, y luego de un año de trabajo dijimos ‘che, somos tres personas que estamos en este rubro por qué no juntamos fuerzas’. Ahora a futuro estoy viendo qué va a pasar. Yo voy a hacer trabajos con ellos y probablemente trabajos míos solistas, o no, y decida integrarlos a ellos. Está por verse. Ahora estoy terminando mi documental Fauna de Montevideo y tengo uno planeado, que está presentado a fondos, sobre anfibios y reptiles. Dependiendo de todo, hasta del dinero que salga, podré integrar a De la raíz o lo haré yo; creo que habrá una convivencia entre los proyectos en común y los solistas.

—¿Hay algo  de trabajar en solitario que querés mantener?

—Por ahí sí. Ahora que hicimos Ciencia salvaje fue muy interesante porque nos obligó a trabajar en equipo, sino es como cuando sos hijo único: hacés lo que querés. Al trabajar con otros tenés que negociar, por ejemplo te sugieren desde qué lado filmar una escena y eso te obliga a cuestionarte. Por ejemplo, un episodio lo dirigí yo y filmábamos los tres, y en otros dirigía Guille y yo era camarógrafo y estaba a sus órdenes, fuimos rotando. Pero aún así, cada uno manteniendo su rol, está bueno el aporte del otro. Otras veces me doy cuenta de que esto es algo que quiero ir haciendo a mi manera, cocinándolo con mis condimientos.

—El primer documental que hacés, Río de pájaros pintados, tiene una introducción en la que vos explicás tu lugar en la película ¿Por qué decidiste hacerla?

—Yo creo que fue muy inconsciente de que era mi primer documental de fauna y en general, y yo había trabajado durante 17 años como fotógrafo de prensa. Si era conocido en ese momento en Uruguay para el pequeño mundo gráfico, era por la gente de la prensa. Era una forma de decir, ‘bueno, yo ahora tengo otra cara; voy a abrir una ventana a un lugar nuevo, soy este y voy a hacer documentales de fauna’. Usé el pretexto de que estaba haciendo ese documental para poder publicar un libro de fauna, que nunca hice, ya se hará. Más que presentarme en ese documental, inconscientemente lo que hice fue presentarme como documentalista de fauna. Además de que mi personaje aparecía en el documental y la gente tenía derecho a saber quién era ese tipo que aparecía remando.

—Justamente, en tu siguiente trabajo, A orillas del Río negro, también te registra la cámara…

—También aparezco pero no me presento.

—¿Fuiste abandonando voluntariamente ese lugar protagónico delante de la cámara?

—Sí. Si se necesita lo puedo volver a hacer. Primero, me contraté a mí mismo porque era el actor más barato y a mano. Segundo, yo iba a estar en el viaje en canoa, llevar a una tercera persona como para que actuara era complicado; preferí sacrificarme y aparte no era actuar Hamlet, era remar y aparecer en escenas de ocho ó 10 segundo. Lo hice como eso: el tipo que va en la canoa con Gonzalo, un amigo que en su vida real es guardaparques y sabe mucho de animales. Nunca quise constituir un personaje. En mis siguientes trabajos no aparecí, sí le di el lugar a mi hijo en Fauna de Montevideo. A veces está bueno que aparezca un personaje humano, en el de Arácnidos (Arácnidos del Uruguay, 2013)van apareciendo científicos, individuos que en su vida real se especializan o estudian ese tipo de araña; entonces el link con lo humano a veces está. No descarto hacer mañana un documental solo de fauna sin presencia humana, cada proyecto es distinto y pide algo distinto.

—Estudiaste un año de biología, tres años de Ciencias de la Comunicación y desde hace muchos años sos fotógrafo, ¿estudiaste fotografía?

—Autodidacta, tuve mucha gente mayor que yo que me ayudó y me pasó piques. Soy de la época vieja, y me enseñaban a revelar negativos, imprimir en papel, me daban consejos puntuales de cómo hacer alguna cosa técnica. Nunca hice un curso. Yo iba a un liceo en México que tenía un taller de fotografía y me metí básicamente porque me gustaba la maestra, pero tampoco aprendí mucho.

—¿Por qué estudiaste Comunicación?

—Yo empecé biología y dejé porque realmente el nivel que tenían en Uruguay de matemáticas y toda esa parte de números  era muy alto con respecto al conocimiento que traía de México. Primer año es todo números, te ponen esa especie de filtro para que los burros como yo se estrellen y yo me calenté, pero hoy día opino que está bien que haya un poco de selección natural. Viéndolo ahora, yo no hubiera sido un buen biólogo. No hubiera estado 10 años estudiando cómo funciona la hormona que regula el deseo de reproducirse de un pez. Es muy interesante, pero estudiarlo durante 10 años a diario no creo que sea lo mío. Capaz que mi mentalidad es más naturalista: me interesa un poco de todo, y la ciencia no funciona así, tú investigás mosquitos investigás la forma en que el mosquito evita que se coagule la sangre cuando está succionando la piel.

—Y a vos lo que te interesa de lo animales, ¿es…?

—Un poco de todo, me interesa el comportamiento, que es lo que más encaro en los documentales. Siempre trato de mostrar no a un pájaro lindo sino cómo ese pájaro lindo conquista a su pareja o le lleva comida a sus pichones o cómo sobrevive en el entorno con sus pautas de comportamiento.

Entonces dejé la biología pero tenía esa sensación de tener que hacer una carrera porque mis padres son los dos médicos investigadores, y había esa idea de que uno debía elegir una carrera porque la vida es eso. Lo más parecido que había a la fotografía dentro del periodismo –porque empecé a trabajar desde muy chico en el diario La República- era Ciencias de la Comunicación. Tampoco era tan importante, es muy bueno leer a Umberto Eco y todas esas cosas, pero al final un poco me desgastó y el trabajo en prensa es muy absorbente; llevarlo con la carrera fue muy cargoso. Si me hubiera recibido tal vez hubiera ganado alguna beca, más allá de eso para mi trabajo no es tan imprescindible. Después que abandoné me reía con mis hermanos, porque somos cuatro pero solo uno terminó una carrera universitaria, así que vimos que no es tan imprescindible en algunos campos que la realización profesional llegue a través de un título.

—17 años como fotoperiodista, ¿te dejó alguna enseñanza que hoy estés aplicando a tu trabajo?

—Básicamente el aprender a trabajar en cualquier circunstancia, que es lo que pasa con la gente que hace periodismo de cualquier tipo. Cuando sos fotógrafo de prensa vos no sabés dónde va a estar la acción, tenés que estarte adaptando permanentemente: la luz cambia, el lugar cambia, la escena, el ángulo. Yo antes trabajaba filmando video clips de música, a veces hacía alguna publicidad de índole un poco documental, y siempre me decían eso: ‘vos llegás y en cinco minutos ya armaste al plano’. Otros capaz que llegan, sacan el fotómetro, miran, y cuando terminás se te está yendo la luz. Esa cosa de improvisar con lo que tengas a mano creo que es lo que más me ha servido del periodismo.

—En una entrevista decías que fuiste aprendiendo que la foto que vos tomás no es algo que encontrás afuera sino algo que ya tenías adentro y lo estabas buscando, ¿cómo llegaste a este pensamiento?

—También con los años…me fui dando cuenta viendo el trabajo que hice. A mí me pasaba mucho de que armaba una exposición de fotografía, empezaba a ver qué había sacado y había una continuidad. Mucho de eso lo hacía en paralelo al trabajo de prensa: estaba esperando que pasara algo y justo veía una escena que me gustaba y la sacaba, eran como instantáneas al pasar que yo estaba convencido de que venían de la nada, que se dieron justo, me gustó y saqué. Cuando al final del año empezaba a juntar 20 ó 30 fotos que me gustaban, empezaba a notar que había elementos de tema, de composición, de tipo de luz que se mantenía, que había 15 ó 20 fotos que eran parte de algo: un mosaico. Ahí te das cuenta de que vos estás buscando algo, de que hay algo que querés mostrar y que cuando ves una parte de ese rompecabezas la sacabas, aunque en ese momento te parece que hayas sacado algo que pasaba por ahí sin motivo ninguno. Y no, forman parte de una coherencia. Uno está atento a tal y cual cosa.

—Hoy en día, ¿tu interés fotográfico está puesto en qué búsqueda?

—Yo no pienso que tenga que ser una cosa u otra. El año pasado hice una exposición en el Subte de la Plaza del Entrevero, era una proyección: hice una especie de video en el cual cada foto se veía  10 segundos, por lo cual no había fotos impresas sino proyectadas sobre una pared. Ahora que lo pienso, era una manera divertida de la transición del fotógrafo al realizador de video, pero no muere en mí la cosa de la composición fotográfica de la foto fija, son dos cosas distintas. Mañana me presento a una exposición, he presentado propuestas de libros. Son diferentes seteos, a mí me pasa estar cinco minutos formateando el disco duro de que ahora es distinto: es congelar un segundo, buscar un cuadrito; ya no buscás la continuidad 10 segundos, no hay movimiento…Las reglas cambiaron. Me pasa que yo uso cámaras que me permiten filmar y sacar fotos, y paro y saco una foto y sigo, y esas fotos casi nunca quedan buenas, como que no instalé del todo ahí la mentalidad de fotógrafo. Pero ambas cosas conviven y están buenas, y creo que va a ser así para siempre.

—¿Cómo son las fotos que te gustan?

—Es muy difícil y es una cosa que ha ido cambiando. Cuando yo era jovencito buscaba fotos de mucha composición donde los elementos estuvieran en su lugar perfecto, buscando que haya un balance y una cosa de la sección aurea, y Cartier-Bresson era el líder: buscábamos la foto exacta, perfecta, con el gesto…una cosa muy pictórica. Ahora me mueven más las fotos afectivas, que te transmite una cosa que está buena, que te hace sentir incluido en ese lugar, mirando lo que sea, un gato en un jardín, una guerra, una pareja.

Me parece que ahora me seduce más el impacto emocional de la foto que la perfección de la luz que entra justo en el ángulo y en el balance en que cada elemento está puesto como si lo hubieras hecho con la mano; creo que es parte de la maduración.  A veces me pasa de estar sacando fotos familiares y saco fotos deliberadamente descompuestas, sin tanta cosa plástica, con la persona en el medio –que siempre te dicen que no lo hagas-. No son deliberadamente feas pero …chau, no estoy componiendo: es mi hijo con su abuela. Estoy buscando fotos en las que me lleve la escena, y que no tiene que ver con el fuera de foco; rompí con eso tan importante en mí y en mi generación de la foto perfecta.

—Cuando empezaste a encarar tus documentales, ¿sentías que tus conocimientos biológicos y fotográficos era suficientes para saber hacer una película?

—No. Primero, yo no tenía ninguna idea de lo que era contar con cine. En realidad toda mi vida hice video clips de las bandas de mis hermanos, hice cosas de publicidad, y mi amigo Juan Ignacio Fernández a veces editaba cosas con mi hermano Pablo y yo siempre le decía, jorobando, que editar era lo más fácil del mundo: agarrás todas las tomas lindas y las ponés juntas. Se lo decía en broma pero en el fondo yo creía que era un poco así, no pensaba mucho en la narrativa. Una vez hicimos un video de Plátano Macho, que lo dirigí yo -rarísimo-, demoramos 48 horas en editar tres minutos y yo no lo podía creer. Me daba cuenta que en 10 horas avanzamos tres segundos, y ahí me di cuenta de que la edición era algo serio. Me preguntaban: ¿querés que la toma cambie con el bombo o con el platillo? No tenía  idea.

Cuando hice mi primer documental entendí que eso me faltaba y le pedí a Juan Ignacio que se encargue. Mis conocimientos biológicos alcanzaban para filmar a una especie, por supuesto que yo consulto a especialistas, y ahí están las ventajas de haber estudiado en facultad aunque haya sido solo un año. Tengo muchos amigos que ahora son recibidos, son profesores, investigadores de grado, entonces los llamo y les pido datos para filmar al Tucu tucu, a qué hora tengo que ir, a qué lugar, qué terreno. Para filmar me daba pero para contarlo la narrativa es distinta.

Hay muchos niveles. Una cosa es armar una escena de un minuto de que llega el venado, su mamá lo busca, lo encuentra…pero eso tiene que estar metido en la narrativa de toda una película, que va evolucionando, creciendo, que tiene ritmo. Juan Ignacio me ayudó pila en eso. Yo le decía qué esperaba de cada secuencia y le dejaba el material, volvía a los tres o cuatro días y los videos estaban juntos. Él le aportó ese conocimiento de contar un cuento, no solo de que la persona vea las acciones y las entienda, sino también la parte dramática, afectiva de lo que va pasando.

Estaba en cero, ahora estoy, del cero al diez en un nivel uno; sé manejar lo máxima pero siento que me falta muchísimo. Siempre que puedo busco ayuda y consejos y cuando puedo incorporo a otra gente. Yo lo que digo es, cuando vos vas a cocinar y vas a hacer pasta con tuco vas y comprás cebolla, morrón, tomate; ya sabés qué vas a comprar y qué vas a hacer con eso. Está bueno, porque tenés el control total, pero a veces falta sorpresa. Cuando interactúas con otra gente capaz que uno te trae un puerro y bueno, tenés que ver qué hacer con eso. Una cosa que vos hubieras hecho de una manera lo hacen de otra, y a veces te gusta y le dio un giro nuevo y ganó mucho más de lo que yo había pensado originalmente. No siempre es posible, por tiempos, por plata. En mi segundo documental Juan Ignacio no pudo editarlo porque estaba haciendo Las flores de mi familia (2012); y dije me tiro al agua y lo edité yo.

—Y seguiste editando vos…

—Sí, y me gusta aunque sé que el resultado sería mucho mejor si lo editara otro, pero a mí me gusta editar mi material. Ya aprendí, aparte, de que cuando estoy filmando ya estoy editando y pensando cómo lo voy a armar. Pero si yo tuviera el presupuesto y el tiempo, probablemente lo haría editar por otro, o haría yo una primera versión y se lo daría a otra persona para generar eso: sorpresa.

—Qué estructura seguís habitualmente para una realización: ¿te armás un guión y salís a filmar? ¿Alternás rodaje con edición?

—Es muy distinto. En los animales pasa una cosa que es que vos tenés acotado un tiempo biológico que es primavera verano que es cuando están más activos, se reproducen, se muestran más. Siempre digo que hay que filmar en primavera-verano y editar en otoño-invierno. Pero muchas veces lo que es bueno es ir editando y filmando. Voy al campo, filmo unos venados, vuelvo y edito, y si hago un segundo viaje al campo ya tengo claro lo que me está faltando para armar esa pequeña secuencia. Es muy flexible. Yo armo un guión que es más una lista de Reyes Magos: es lo que quiero idealmente; luego podés conseguir muchas cosas sí y otras no, y aparecen otras que no imaginé y que no estaban en el guión. Es un guión abierto por eso mismo, porque no sabés qué vas a conseguir.

Hago un guión principal que tengo que hacer para presentar a los fondos y para mí mismo, para saber a quién tengo que consultar, a qué biólogo le tengo que pedir un consejo. Filmo una parte, voy editando y ahí empiezo el continuo: voy editando, filmo, cambio el guión, agrego datos; es todo junto. Cuando presenté el documental de arañas terminé de editar la última parte horas antes, me hace gracia porque lo grabé a las tres de la tarde y a las siete había que poner play en el cine. Me parece que este método le da mayor flexibilidad que si fuera algo que hacés separado por etapas.

—¿Te gustó concentrarte en una solo tipo de especie?

—Sí, me asustó al principio porque siempre había hecho documentales donde había mulitas, venados, insectos, peces…He tratado siempre de meter animales no atendidos: no ves muchos peces, reptiles, insectos; ves mamíferos y aves que son los más lindos y agradables y con los cuales nos sentimos más cerca e identificados. Pero esa especie de ensalada donde metía un poco de todo me parecía muy rica. Sigo con la metáfora culinaria: creía que iba a ser una ensalada solamente con hojas verdes, pensé qué iba a quedar un poco repetitivo solo arañas y escorpiones, dije ‘vamos a meter a los científicos’, cosa de mostrar también cómo es la vida y el trabajo de investigación con estos animales. Elegí diferentes tipos de arañas, de telas, de pisos, que estuviera en algún caso moviéndose, fijas en un territorio, chicas, grandes, de bosque, de costa, de sierra. Son muchos elementos que cuando hacés un casting de arañas tenés que estar tomando en cuenta eso: cuál se come al marido, cuál es social, cuál es solitaria, cuál vive en un lugar así y asá. Quedó bien, quizás un poco largo, luego hice otra versión de 40 minutos. Es un tipo de animal muy interesante y manejable, no es como filmar a un venado o a un coatí.

—En general, ¿te ponés límites a la hora de filmar? Eso de encontrarse con sorpresas puede complicar el poner un punto final al rodaje.

—Si encuentro algo interesante, llamativo y yo no lo esperaba, filmo. Por eso decía que el guión es una base. Una vez leía a alguien que decía que en los documentales de fauna el guión es una estructura de transición, decía ‘es como la crisálida de la mariposa: no es anda, es una cosa entre la mariposa y el gusano’. Es una estadía en tránsito, luego ese guión se va a convertir en otra cosa, entonces tenés que adaptarte igual que cuando vas a un lugar a buscar un animal y no está.

—La narración que acompaña las imágenes, ¿la armás después? ¿Vas haciendo un diario de rodaje?

—A veces la armo después. Cuando voy editando voy poniendo la voz para ver cómo quedaría. Lo divertido es que la voz del primer documental es de Juan Ignacio porque él se grabó para ayudarse en la edición y en el momento de buscar un locutor hubo opciones que no funcionaron -entre ellas yo- y le pedí que dejara la suya porque estaba muy bien. En mi segunda película, que no pudo editar, le pedí que al menos me diera su voz. A mucha gente le gusta, es limpia, un tono pausado pero presente, un tono casi desapegado pero muy presente que funciona muy bien.

—La primera vez que uniste animales y fotografía fue en Estocolmo ¿Tenés ganas de viajar a filmar a otro lugar?

—Sería lindo porque cambias un poco el entorno de fauna. Hay varios problemas que van desde presupuesto hasta familiares: si te vas a Madagascar no te vas dos días, te vas dos meses para que te rinda, y extrañaría demasiado a mi hijo. Estaría genial, es un sueño como cambio de fauna y de paisaje, pero hay que verlo. También pienso que hay tanta cosa en Uruguay que no he explorado, tanto de animales, lugares, ambientes que quisiera filmar. Filmar el parto de un murciélago en una caverna o filmar algún felino, o puma o un aguará. Tantas cosas que me gustaría encarar acá que es muy temprano para pensar en irse.

—¿En este apartamento armás sets?

—No hay una habitación set, pero sí hago sets por rincones. En una mesa armo un terrario, que son lugares controlados para reproducir cosas que en la naturaleza pasan y no llegás a filmar. Hay que tener cuidado de no generar cosas que en la naturaleza no se dan, de no tirarle a una lagartija que vive trepada arriba de los árboles una cucaracha que por ahí anda debajo de las piedras porque si se la tiro seguramente la coma, pero no es lo que pasa en la naturaleza. Con ese tipo de situaciones recreadas tenés que estar muy atento a no estar creando situaciones artificiales.Yo soy muy nerd de leer sobre animales, más los consejos que me pasan los biólogos. Y en mi dormitorio está la isla de edición.

—¿Estás especializado en peces?

—No, es que muchas veces tuve peces de acuario. Ahora tengo unos que los voy a filmar y luego a soltar. Sé bastante de peces de agua dulce. Sé un poco de todo. Siempre está bueno investigar y cuando hay un referente consultar, porque ese dato extra te puede cambiar el rodaje.

—¿Te gustaría abarcar la dirección de fotografía o mismo la dirección en otro tipo de trabajo audiovisual?

—En ficción puede ser. He hecho algo de publicidad, que tiene algo que ver con la ficción, y a veces lo que me pasaba es que me desesperaba un poco la lentitud de los tiempos…setear una escena durante dos horas…yo sentía que perdía la proximidad. Se pierde vivencialidad. Sería una escuela interesante hacer ficción porque es un lenguaje completamente distinto, un lenguaje mucho más programado.

Me gustaría hacer documentales distintos. Tengo un par de proyectos con humanos que he presentado, y un amigo me decía ‘hacé documentales con humanos filmándolos como si fueran animales’. Tengo una idea para uno de guachos y otro de maestra rurales. Por más que me encanta la naturaleza y la fauna, me parece que no tengo que encasillarme. Salir a filmar una rana reproduciéndose y al mismo tiempo armar una exposición de fotografía artística me complementa y me enriquece.