CÉSAR TRONCOSO

Algo de observación, algo de hijoputez

  • Texto: Diego Faraone
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  • Fotos: Nicolás Pereyra
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  • Video:Santiago Olivera
  • Nombre: César Troncoso.
  • Profesión: Actor.
  • Filmografía: 'Perro perdido' (corto, Daniel Hendler, Arauco Hernández, 2002), 'El viaje hacia el mar' (Guillermo Casanova, 2003), 'Matar a todos' (Esteban Schroeder, 2007), 'XXY' (Lucía Puenzo, 2007), 'El baño del Papa' (Enrique Fernández, César Charlone, 2007), 'Matrioshka' (Germán Tejeira, Julián Goyoaga, 2008), 'Paisito' (Ana Diez, 2008), 'Mal día para pescar' (Álvaro Brechner, 2009), 'Em teu nome' (Paulo Nascimento, 2009), 'El cuarto de Leo' (Enrique Buchichio, 2009), 'Charly en el aire' (serie TV, 2009), 'Norberto apenas tarde' (Daniel Hendler, 2010), 'Hasta que salga el sol' (corto, Matías y Santiago Ventura, 2010), 'Adicciones' (serie TV, 2011), 'Infancia clandestina' (Benjamín Ávila, 2011), 'Hoje' (Tata Amaral, 2011), 'Circular' (film colectivo, 2011), 'Filé de Borboleta e outros causos' (serie de TV, 2012), 'Flacas vacas' (Santiago Svirsky, 2012), 'Anina' (Alfredo Soderguit, 2012), 'Flor do Caribe' (serie TV, 2012), 'Faroeste Caboclo' (René Sampaio, 2012), 'Esclavo de Dios' (Joel Novoa, 2013), 'A oeste do fim do mondo' (Paulo Nascimento, 2013), 'Mujer rota' (corto, Jeremías Segovia, 2013).
  • Referentes: Varios.
  • Proyectos: 'Muitos homens num so' (a estrenarse, Brasil), 'Zanahoria' (en postproducción, Enrique Buchichio), 'Manual del macho alfa' (locución, documental en postproducción, Guillermo Kloetzer), 'El padre de Gardel' (locución, documental, a estrenarse, Ricardo Casas), 'O negocio' (participación en un capítulo, miniserie de HBO), entre otros proyectos.

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Un tipo alegre que asegura tener costados jodidos. Un trabajador compulsivo que quiere interpretar su personaje y también el de su colega. Una enciclopedia ambulante de nombres de películas, actores y directores. Un dibujante, un intérprete consciente de su talento empeñado en mantener su humildad. Un tipo esforzado en ser un buen tipo. Todo eso es César Troncoso. Ya resulta complicado enumerar todas las películas, argentinas, brasileñas y uruguayas en los que participó el actor de 50 años. Y eso por no hablar de obras de teatro, series, novelas, cortometrajes y spots publicitarios. Por detrás de esta máquina que no para de aceptar propuestas, existe un hombre accesible al que le gusta escuchar e intercambiar opiniones. Cuando habla de cine a Troncoso se le agrandan los ojos, y este cronista imagina que debe ser un gesto que guarda del niño obsesivo que pasaba horas ensimismado frente a la tevé Punktal de su vieja casa. 

—Naciste en Montevideo, ¿en qué barrio? 

—En la Aguada, en 1963. Mis viejos son inmigrantes gallegos los dos, se conocieron acá, se casaron. Mi viejo se compró un almacén y nos fuimos a vivir a la calle Rocha y Blandengues, que no es Aguada es Reducto por lo que tengo entendido, pero para mí funciona como Aguada porque mi zona de influencia era para el lado de la Escuela 77, donde hice la primaria, que estaba a media cuadra del Club Atlético Aguada. Después me casé y viví en Rocha y Martín García hasta los 23, que me divorcié. Después volví a Arroyo Seco y viví con mi abuela. Finalmente me vine para acá, para el Parque Posadas.

—¿Tenés recuerdos de la escuela?

Recuerdo bastante, a una gran parte de mis compañeros, a las maestras…

—¿Eras un buen compañero?

Yo creo que sí, era de los llamados «tragas», del sector de la gente estudiosa. Era muy tímido, muy introvertido y entonces a veces me gastaban un poco de más. Me jodían con lo de «gallego» porque en ese entonces los gallegos tenían una presencia muy fuerte, unos cuantos éramos hijos de gallegos, entonces nos gastaban con eso del «gallego bruto».

—Pero en todo caso eras un gallego «traga»…

—Claro, en realidad no sé si no me volví «traga» y no me transformé en un tipo vinculado a las artes en oposición a esa impronta gallega que traía mi viejo. Él había ido hasta tercero de escuela; como era almacenero hacía unas sumas y unas restas formidables, era muy capo haciendo eso, pero leía muy poco y tenía muy poca cultura general.

—¿Ellos no te estimulaban para que estudiaras?

—Sí, sí. Mi vieja se encargaba básicamente de eso, pero cualquiera de los dos me daba para adelante. Siempre además tenían una oreja puesta en nosotros, siempre nos consultaban: «qué querés hacer vos». Yo quería dibujar por ejemplo y mi vieja me consiguió un profesor de dibujo en el barrio. Mis viejos en un momento volvieron a España; mi papá falleció pero mi vieja vive ahora en España con mis dos hermanos y no estuvo en el momento en que yo tomé la decisión de hacer teatro. Yo, que era el mayor de los hermanos, me quedé acá con 19 años, ellos se fueron y yo empecé teatro con 25. Pero estoy seguro que en el momento de esa decisión, de haber estado acá mi vieja me hubiese dicho «ok, sí».

—¿Cuáles fueron tus primeros contactos con el cine?

—La televisión. Teníamos una televisión Punktal blanco y negro y teníamos una casa muy vieja que tenía un patio con claraboya en el centro y en una partecita de ese patio había techo, era el lugar más seguro y más controlable como para poner un televisor abajo, y yo me colocaba contra ese rincón, contra ese ángulo, en un silloncito. Me tiraba y me miraba las tres películas del sábado a la tarde, una atrás de la otra. También me miraba todas las series. Yo tenía amigos en el barrio, salía, jugaba con ellos, pero era muy patadura con el fútbol -o capaz que yo era tan introvertido y tímido que cualquier error lo tomaba como una desgracia, y así me negué con el deporte- pero también tenía muchos momentos en los cuales miraba televisión y tengo la sensación de que estaba metido adentro, mi vieja me decía si quería tomar la leche y me lo tenía que preguntar 77 veces porque yo estaba enganchado en la película.

Otra cosa que hacía era recortar diarios. Mi viejo recibía diarios, en aquel entonces el diario se compraba todos los días en las casas y a veces caía gente con un pilón de diarios, mi viejo envolvía las papas, los huevos… Cuando recibía la partida, yo recortaba del diario El País las críticas de cine, los crucigramas y las caricaturas de Arotxa. Me leía todas las críticas de cine con 10, 11 años. La otra cosa que teníamos en aquel tiempo era, en las vacaciones de julio, que te daban esos papelones bien largos, los bonos escolares, de matinées con cinco películas en la tarde. Terminaba yendo al cine a ver todas esas cosas. Después ya a los 15 años empecé a ir a Cinemateca y al teatro.

—Por lo general en las entrevistas hablás de tu abuela ¿Qué rol cumplió en tu vida?

Y… me dio de comer una punta de años cuando mis padres se fueron, y cuando yo me divorcié me fui a vivir con ella; terminó la crianza de algún modo. Las referencias a mi abuela por lo general pasan o por lugares graciosos o en cierta medida por otros un poco más jodidos: ella quería que yo fuera médico. No quería que fuese actor y generaba algunas resistencias. Pero después la vieja aceptó, de hecho estaba muy orgullosa, fue a verme al teatro y hasta me hizo pasar papelones…

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—¿Cuáles papelones?

Iba a verme a las obras de teatro y me hablaba, por ejemplo. Una vuelta entro y me pongo a hacer un pedazo de recitado, una de las primeras cosas que hacía era unos movimientos de manos como de mimo y mi abuela me decía «César, estamos aquí» desde su asiento, o me saludaba, tenía esa cosa ingenua de mujer del interior de España, de aldea, y no tenía muy clara la diferencia entre un teatro y la calle. Era, de todos modos, una mujer con la que nos queríamos mucho, siempre de alguna manera fui el nieto favorito de ella. Siempre iba a su casa cuando era chico. Claro, tenía ese defecto de que encontraba que lo mejor para mí no era precisamente estudiar teatro -lugar lleno de homosexuales y vagos-. Después bancó y apoyó.

—¿Siempre te gustó la idea de ser actor?

—Nunca expresé «voy a ser actor», pero evidentemente por ahí andaba la cosa. Me gustaba el cine, el teatro, por ahí venían mis inquietudes. En realidad de chico lo que más quería ser era dibujante, lo que más me gustaba era dibujar. En la escuela si aparecían esas cosas tipo bailar el pericón yo me ofrecía, o me agarraban, se nota que era el que menos resistencia ofrecía. Me acuerdo de haber actuado en algún festival contando algún cuento de Wimpy sin entenderlo. Me acuerdo de haber hecho de José Pedro Varela. Cuando había que interpretar el Desembarco de los 33 orientales no ponían a 33 pibes pero ponían a 14 pinches representándolos y yo era Lavalleja, levantando la bandera y recitando un pedazo de la Leyenda Patria; esas cosas.

—¿Dirías entonces que tu vocación frustrada es la de dibujante?

—Diría que sí, de hecho todavía dibujo. No sé si frustrada es la palabra, más bien es mi vocación oculta. Tengo algunas dudas con respecto a la calidad de lo que dibujo, creo que algunas cosas son buenas y otras que no. Me imaginé como dibujante hasta que entré a Teatro Uno por primera vez y ahí dije, «ah bueno, era esto».

—En la adolescencia y la juventud, ¿tenías algún vínculo con la política?

No, mis viejos siempre fueron apolíticos, eran gallegos, ni siquiera tenían cédula de identidad uruguaya. Después tenía tíos de izquierda. Mi tío fue destituido y yo ahí empecé a tener cierta noción de la política. Pero no fue tanto en mi adolescencia sino más bien en mi primera juventud; digamos 18, 19 años. Después vino el tema de la ASCEEP (Asociación Social y Cultural de Estudiantes de Educación Primaria) cuando empezó el resurgimiento gremial tanto a nivel estudiantil como del PIT-CNT y los gremios de trabajadores, y ahí sí empecé a tener cierta militancia. Pero nunca llegué a tener capacidad real de militancia: era muy berreta militando. Acompañaba a los tipos que me parecían mejores…

 —¿Cómo berreta?

 —A ver… no me creo un ser muy pensante. O al menos no creo tener mucha profundidad en algunas cosas. Esa es mi sensación, aunque a veces después descubro que pienso más de lo que me imagino. Pero bueno, veía que había zonas y laburos en lo político que a mí en particular no me interesaban. No ponía mucha cabeza. Creo que tengo ideas pero más desde lo subjetivo y de la opinión, trato de leer para estar al tanto, pero nunca me dio la capacidad militante para ir a un gremio y dedicar tiempo a eso. De hecho en la SUA (Sociedad Uruguaya de Actores) estuve un tiempo en el consejo y para lo único que servía era para dar cuórum. Llegaba yo y había cuórum, ya con eso me quedaba tranquilo porque tenía una utilidad bien práctica. Pero soy muy inconstante para esas cosas. En general soy inconstante para muchas cosas, una de las pocas en las que no lo soy es la actuación. Defiendo mis ideas, levanto la mano en una asamblea a favor de lo que creo, trato de ser coherente conmigo y de no traicionarme por ir junto a la manada, pero me cuesta exponer en profundidad algunas cosas, o pensarlas con todas sus aristas.

—Estudiaste medicina un año, y contabilidad.

Medicina un año sí, trabajé en un estudio contable pero nunca estudié contabilidad ni fui contador. A Dios gracias y a la Virgen nunca laburé de contador ni laburaré. Trabajé de auxiliar contable: el tipo que cruza al banco y hace los trámites, el que pasa planillas en una computadora, el que va al BPS, a cobrarle a un cliente. El trabajo más de base: en ese último escalafón estuve 25 años y sin ningún interés de ascender. Yo no quería hacer carrera dentro del estudio, no tenía nada que ver con eso.

Al principio me fastidiaba mucho, después empecé a darme cuenta de que ese estudio y ese sueldo y la propia gente del estudio en definitiva me permitían hacer la carrera de actor. Me banqué la carrera gracias a ese trabajo: cuando hice El baño del Papa (Enrique Fernández, César Charlone, 2007) me dejaron tomarme 60 días de licencia sin goce de sueldo. Hice Infancia clandestina (Benjamín Ávila, 2012) porque me dieron otros dos meses. Ganaba por un lado, perdía por el otro, pero en definitiva yo comía todos los meses gracias a ese trabajo. Al final los pobres tipos me liberaban todo el tiempo, y aparte les caía con las cosas más demenciales: «yo necesitaría salir entre las tres de la tarde y las siete pero repongo después de las siete cuando el estudio esté cerrado». Y los tipos me dejaban ir.

—¿Qué tipo de papeles te gusta más interpretar?

—Me gustan todos. Me pasa muchas veces de decir «pucha, por qué me dieron este papel si podría estar haciendo ese otro», me pasa que quiero hacer el mío y también el que le tocó a otro actor. Tengo la sensación de que soy la clase de actor que puede hacer muchas cosas distintas y más o menos bien. Dentro de lo posible trato de no repetirme, trato de hacer comedias, dramas, actuaciones más zarpadas y lanzadas (para eso es mejor el teatro que el cine), trato de hacer de tipo fino y de tipo popular.

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—¿Nuca sentiste que te estuvieses repitiendo, que un personaje te remitiera demasiado a otro que hubieras hecho antes?

Sí, claro. Hay algunas cosas que sos vos y otras que podés ir trabajando. Yo siempre tengo la sensación de que alguna cosa nueva le aporto con respecto a lo ya hecho, pero a veces me siento «en la zona» de algún personaje ya hecho. Después descubrís que alguna cosa se corrió de lugar y que no es exactamente igual. Te repetís, tenés vicios, tenés recursos que sabés que te funcionan bien, tenés miradas que rinden. También tiene que ver con el lugar desde el que abordás a los personajes, yo no soy de ponerle mucha cabeza al proceso de trabajo, lo hago más bien inconscientemente. Al hacerlo así me doy cuenta de que estoy repitiendo algunos recursos y trato de correrlo de lugar, a veces el director se da cuenta y viene y te lo dice y vos se lo agradecés. Pero en definitiva, uno trabaja dentro de las zonas conocidas de uno mismo. Ahora en Brasil hago bastantes mafiosos, el malandra de Faroeste Caboclo, el malandra de Flor del Caribe, ahora voy a hacer un malandra de una miniserie, me ofrecieron unos cuantos, pero a veces es difícil matizar de malandra en malandra…

—Pero a vos te gusta eso…

—Sí, está bueno, me gustan los villanos y tampoco me han ofrecido esos malandras de una pieza que son siempre iguales y vos repetís los mismos ojos furiosos, entonces siempre tenés un poco de juego. También complica un poco que vos sirvas mejor para ciertos roles, y eso te genera una repetición. Por suerte siempre hay una zona que sos vos: yo puedo hacer una voz más fina pero el timbre vocal será siempre el mío. Podré trabajar, podré colocarme en algún lugar, podré cambiar la gesticulación pero no dejo de tener esta barriga acá, que es muy marcante, las patas cortas…

—Para hacer esos personajes con costados cuestionables, como por ejemplo el de Norberto apenas tarde (Daniel Hendler, 2010), Faroeste Caboclo (René Sampaio, 2013), o Flacas vacas (Santiago Svirsky, 2012), ¿en qué te inspirás?

—Creo que es un tema de observación. Me parece que un buen actor tiene que observar todo el tiempo; no te digo que uno vaya por la vida vichando gente pero inconscientemente uno anda registrando tipos humanos. No tengo una noción clara de cómo lo hago, pero para mí vos tenés un estilo y el camarógrafo tiene otro bien distinto y yo estoy percibiéndolo y me lo guardo en algún lugar. Me parece que es un poco eso. Otra cosa es que creo que yo mismo soy un jodido. No ando ejerciendo, trato de reprimir lo jodido que soy. Para hacer el personaje de Norberto tengo que buscar al jodido que llevo adentro, lo que pasa es que no se manifiesta en el día a día. Yo discuto con mi mujer y a veces -no siempre, por suerte- vos sacás lo peor de vos y decís «pucha, mirá, yo era capaz de decir esto también». O capaz vas y hacés una broma de esas que vienen con veneno y también tenés esa cosa jodida. Todo está ahí, uno es todo. Entre la observación y la propia hijoputez terminás construyendo un personaje malvado, o ladino, o baboso.

—¿Es verdad que en Brasil te reconocen más por la calle que en Uruguay?

—Ahora en Brasil no me reconoce nadie. Me reconocían en el tiempo de la novela. Yo la hice con mucha barba, con los pelos largos, el día que me afeité ya nadie sabía quién era. Me reconocían mucho más porque en Brasil una novela es vista por ocho millones de personas a la vez, a las seis de la tarde, pero te reconocen muy puntualmente en su momento. Las grandes figuras de O Globo están ahí todo el tiempo y los reconocen siempre tengan bigote o no, pero a mí me conocían por «Don Rafael» -no tenían idea de cómo me llamaba yo- y eso durante el tiempo de la barba. «Novela mata novela», la siguiente novela hace que vos dejes de lado a un montón de personajes de la anterior. Y mi personaje era de reparto, tenía su energía pero me parece que debe estar bastante diluido hoy por hoy.

—Quizá no eras de los personajes más memorables…

Creo que lo hice bien, pero no era un personaje «marcante» dentro de la novela, había otros que sí. Pero también me parece que eso es una característica que en general tengo y que está bueno. Viste que hay actores que se «ponen» el personaje pero siempre estás viendo al actor. Y hay otros que son puntualmente el personaje y que el actor no tiene tanta presencia. Me parece que yo soy más de ese segundo grupo. Robert De Niro es siempre De Niro más ese personaje que le toca, yo creo que soy de los otros, de los que pasan más desapercibidos cuando no están en el personaje principal. Por eso me parece que sirvo para más cosas.

—¿Hoy en día rechazás muchas propuestas?

—No. Me cuesta decir que no en general. He rechazado algunas, y a veces tengo la sensación de que debería rechazar más. Tengo suerte, creo que si miramos las películas que hice no hubo ningún desastre antológico. Habrá alguna más floja y otra menos, y hay buenas. En general no le he errado, he rechazado alguna cosa que no me convencía, que no me gustaba el guión o me planteaban ir a un casting y yo ya no estoy para eso; a veces rechazo por una imposibilidad geográfica o de fechas.

—¿Harías lo que hizo Ricardo Darín cuando rechazó una oferta de Hollywood de interpretar a un estereotipo de latino mafioso?  

No, César no. Nos pondríamos a hablar de plata… Yo entiendo la reacción de Darín pero él es un señor que está hecho y derecho, que tiene todo muy resuelto, una filmografía potente y no necesita papeles. Entiendo que se pueda dar esos gustos, me parece muy razonable que no acepte hacer un «villano sudaca» y creo que me gustaría poder hacer eso. Con algunos estereotipos Hollywood ya está pasado de rosca. El malandra real está en la J.P. Morgan no en Latinoamérica, entonces en ese sentido está claro que no vale la pena. Luis Tosar, un crá, un capo que en España rompe todo y es un actor del carajo, fue a hacer de narcotraficante en Vicio en Miami (Michael Mann, 2006). Es un camino, y no todo el mundo tiene buenas opciones como Javier Bardem. Por ahora nunca he tenido propuestas de Hollywood, y si me ofrecen la guita justa no le diría que no.

—¿Te considerás un cinéfilo? 

—Miro muchas películas (ahora menos, miraba muchas más) y tengo mucha información al cuete, nombres de actores, de películas, de directores. Pero no soy un tipo que tenga mucha capacidad de análisis; puedo decir me gusta o no me gusta. Lo que sí me parece es que en ese «me gusta» entran muchas más películas que en el espectador promedio. Mi «me gusta» es más amplio que el promedio uruguayo, digamos.

—¿Te hace sentir bien esa amplitud de gustos?

Sí, con el cine uruguayo pasa que si el espectador uruguayo se tomara la molestia y tuviese el gusto de ver este cine liberado de otros gustos cinematográficos, encontraría muy buenas películas. Sin embargo eso no pasa y de repente una película que rompió todo en San Sebastián y Berlín tiene 4.000 espectadores. Ojo, esto no es solo acá. En Brasil lo que más funciona son las biografías y las comedias, que pueden llegar a tener 4.000.000 de espectadores. A mí me gustan mucho esas cosas, pero no tienen por qué gustarme sólo esas cosas. Me gustan las películas con ritmos lentos, las películas más experimentales (y otras de esas me parecen espantosas). Me parece que está bueno ser cada día un mejor espectador, y lo terminás siendo aceptando diferencias con respecto a las cuatro películas que en general terminás viendo.

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—Cuando ves una película, ¿a qué aspecto le prestás más atención?

A las actuaciones. El actor es la herramienta que comunica la película en definitiva, si bien todos los rubros son importantes el actor es el que trae y lleva las emociones, el que trae y lleva las ideas, terminás haciendo el foco ahí.Y después presto atención a cómo me cuentan el cuento en general. Si una película tiene buena fotografía a veces te das cuenta y a veces no. La fotografía es un engaña pichanga muchas veces, hay atardeceres muy bien fotografiados de los que todos exclaman «qué fotografía», pero hay películas de una impronta más sucia cuya fotografía es espectacular y sin embargo pasa desapercibida. Para verla tenés que dar un segundo visionado, lo mismo con el arte. Me parece que cuando una película está buena es cuando vos no empezás a mirar las partes. Una película está buena cuando entraste adentro y te la comiste entera. Si decís «che, qué bien editada que está»  hay un problema, porque estás viendo lo que no tenés que ver.

—¿Cómo sería tu vínculo ideal con un director?

—El director tendría que aceptar absolutamente todo lo que yo le ponga adelante (risas). No, yo no sé si hay un vínculo ideal. Hay directores que son como más técnicos y se preocupan más por el todo, y el todo incluye todos los rubros y hay otros que están más en relación directa contigo. Me parece que las películas se sostienen porque hay actores haciendo de personas creíbles, entonces me parece más interesante que el director esté fuertemente vinculado con el actor. Si el director no puede ser, tenés que ser muy vivo con respecto a quién es el asistente de dirección, o en caso de que tengas un coach o un preparador de actores, tenés que ver quién es ese señor y escogerlo muy bien. Muchas veces me parece que el trabajo de «preparación de actores» está bueno que termine en la previa al rodaje.

Pero yo no sé cuál es el mejor estilo: creo que está bueno que el vínculo del director – actor sea fuerte, y mejor si no se intermedia demasiado. Después cada quien tiene su estilo: yo me acuerdo Álvaro Brechner en Mal día para pescar (2009) venía, me separaba y me decía «bo, ¿por qué estás haciendo eso que estás haciendo?»,  y yo le replicaba y le explicaba las características del personaje. Él escuchaba y finalmente me decía «está bien, está bien» y se iba. Los mecanismos de abordaje de la situación varían de director a director, pero tiene que haber eso: el director no puede ser el tipo que esté solo en el monitor mandándote mensajes. Necesitás un intercambio con él.

—¿Te ha pasado de estar haciendo un secundario y estar perdido, sin que el director ni nadie te de bola y no saber bien qué tenés que hacer? 

Sí, y claro, con los secundarios es más frecuente porque muchas veces vos llegás tres días al rodaje y después te vas, entonces evidentemente no está en vos la atención. Sos un fragmento que pasa en un momento y en general el hilo central lo lleva el protagonista. Eso me parece razonable: ahí tenés un tema de dosificación de fuerzas. Un director no puede hablar con toda la figuración, con los extras… A mí me gusta hacer secundarios porque te obliga humanamente a colocarte en otro lugar. Si vos llegás a una película como protagonista sos el centro de atención, todos te sirven; si sos el secundario tampoco es que te destratan pero vos mismo sabés cuál es tu lugar y te colocás en el.

—Me da la impresión de que te gusta adaptarte a los desafíos y a las diferencias que suponen las diferentes situaciones…

Se puede decir que sí. En general trato de que me pase eso. No siempre lo conseguís o, como te decía, no siempre surgen proyectos en los que puedas armar cosas diferentes. Cuando me salió lo de Brasil yo no sabía quiénes eran esas personas que me llamaban. Me tomé un avión a Curitiba y no conocía a nadie absolutamente. Eso es un desafío que está bueno. Es también un arma de doble filo, porque te llamaron por referencias y capaz que no tienen idea de quién sos o cómo sos. Igual a mí me gusta mucho tanto en lo artístico como en lo humano estar descubriendo y conociendo gente. A mí me gustan mucho los climas de rodaje porque son pocas las circunstancias en que 50 personas se ponen a hacer una cosa única y todas confluyen hacia un punto común.

Hay otros desafíos como cuando me propusieron hacer una película en portugués: yo encaré. O cuando vino Daniel Hendler y me dijo de hacer el personaje de Norberto; ese personaje es un palo que no había transitado mucho. Trabajar chiquito, hacer el ganador, el chanta, el ladino, el hijo de puta; está bueno cuando te lo proponen. Ahora en una película (Muchos hombres en uno solo) tengo que hacer de borracho jodido, una zona en la que no laburás mucho pero está bueno que te propongan.

—¿Qué pasó con Ojos de madera (Roberto Suárez)?

—Está en proceso. Se trabajó muy al borde del presupuesto, Roberto Suárez hizo un proceso muy largo de preproducción y en determinado momento dijo «hagámosla igual» y metió todas las energías en el rodaje. Me parece que va a ser muy interesante, va a terminar editándose y saliendo. Roberto es un tipo que se recorta a nivel de ideas del resto, tiene una lógica propia, un mundo propio, se reconcentra mucho en eso. Me parece que eso mismo volcado en una película va a estar bueno. Pero que alguien la termine, por favor.

—¿Podrías describir tu papel en Zanahoria (Enrique Buchichio)?

Zanahoria es una película que está basada en una historia real que le ocurrió a dos periodistas, y la protagonizan Abel Tripaldi (La casa muda) y Martín Rodríguez (El cuarto de Leo) y la tercera pata de esta historia la haría yo, Walter, un informante, supuestamente un tipo que participaba en los Servicios de Inteligencia del Ejército, que tenía información acerca de la represión, de los desaparecidos y de la Operación Zanahoria. Un tipo bastante misterioso, ambiguo. La película me parece muy interesante: un thriller político a la manera de Todos los hombres del presidente (Alan J. Pakula, 1976); ahí yo sería «Garganta Profunda».