ALICIA CANO

Creo en la función social del cine

  • Texto: Diego Faraone
  • /
  • Fotos: Nicolás Pereyra
  • /
  • Video:Santiago Olivera
  • Nombre: Alicia Cano.
  • Profesión: Cineasta.
  • Filmografía: 'Reparto Maternitá' (serie documental, 2008-2009), 'Il sapore del maggio' (corto documental, 2007), 'El Bella Vista' (largo documental 2012), 'El hilo' (corto documental, 2012), 'Apuntes salteños' (corto documental, 2013).
  • Referentes: Varios.
  • Proyectos: Por ahora sólo ideas.

MAS ENTREVISTAS DE ESTE NÚMERO

Bastó una película para que Alicia Cano se posicionara como una de las novedades del cine uruguayo a atender. Se rodeó de un equipo notable de técnicos y ganó la confianza del fotógrafo y productor alemán Thomas Mauch para rodar El Bella Vista, un documental premiado por el mundo que recreó literalmente una llamativa anécdota ocurrida en un pueblo del interior.

—¿Cómo te enteraste de la historia del Bella Vista?

—Me enteré en el 2006, a través de una noticia que salió en el diario El País que decía: «Un prostíbulo es ahora lugar de rezos, vecinos estaban hartos de tantos gritos y decidieron hacer de la casa de citas, la casa de Dios». Y allí se desarrollaba cómo los vecinos del barrio, hartos de los ruidos del prostíbulo se habían “liberado” y “emancipado” y finalmente habían logrado inaugurar la capilla «Jesús de la misericordia”. Se contaba que el día de la inauguración el cura había exorcizado el lugar por su pasado pecaminoso, y el asunto me resultó lo suficientemente curioso como para ir a Durazno a ver si era cierto. Ahí me enteré no sólo que el prostíbulo había sido de travestis, sino que además había sido antes el «Club de Fútbol Bella Vista». Ese nombre también lo tomó el prostíbulo, nunca le quitaron el escudo del club, nunca sacaron los trofeos.

—¿Entonces en la noticia habían omitido que era un prostíbulo de travestis?

—Lo habían omitido, pero quizá no sea algo tan curioso, me parece que fue a propósito. En realidad planteaba los escándalos y los gritos que había en la noche y que los vecinos finalmente habían logrado obrar para bien; esa era la noticia. Después de allí fuimos con unas amigas, llegamos a la capilla y a partir de ahí empezamos a investigar quiénes estuvieron antes y dimos con los distintos personajes de ese mundo y del bajo fondo duraznense. Justo ahí me salió una beca y me fui a Italia a estudiar a fines del 2006 y quedó la idea en el tintero, sólo quedaron unos breves registros, algunas entrevistas que había filmado ese día. En Italia me quedé un poco más de tres años, y a la vuelta, en el 2010, me pregunté en qué andaría aquel lugar, quería hacer algo y no sabía por dónde empezar y volví a Durazno para ver si seguía siendo la capilla o se había convertido en un Centro Caif o un Centro MEC o algo así, y no, seguía la capilla, con los mismos vecinos quejándose de la falta de participación de la comunidad. Di de nuevo con todos los personajes y caí en la cuenta de que todos te hablaban con la misma pasión y dolor de tres años antes. Entonces supe que las cosas no habían cambiado mucho y que tanto daba hacerla inmediatamente como tres años después. Ahí surgió todo el desarrollo y lo que vino después.

resized_npe_9191

—¿Y qué es lo que más te cautivó de la historia?

—Inicialmente la anécdota, me pareció súper familiar. Yo soy salteña y esa historia perfectamente podría haber sucedido en mi barrio. En el interior las tres grandes instituciones sociales son el club, la capilla y el quilombo (o el bar, el boliche). Entonces me resultó interesante cómo las tres peleaban y defendían ese lugar como propio, y todo el sentimiento que cada uno tenía y que había dejado en ese lugar. Pero el Bella Vista es un galpón con cuatro chapas, y sin embargo hubo todo un mundo allí, cuando llegamos al lugar sentías como una magia, una energía increíble. Eso me cautivó, pero sobre todo los personajes. Todos eran diferentes y a su vez magnéticos. Entonces primero hubo que trazar la anécdota y después entrar en las vidas de los personajes y entender las distintas facetas, las distintas capas, que fue en lo que después se convirtió la película. Para mí era importante trascender la anécdota para poder reflexionar sobre algo.

—Una vez dijiste que de alguna manera la cancha, la iglesia y el prostíbulo configuran la identidad uruguaya ¿Eso lo pensás en un sentido amplio?

—Hay muchas otras cosas y no soy quién para hablar de la identidad uruguaya. Mi película no es una película sobre la identidad. Sí siento que habla mucho de la gente del interior, mucha gente puede decirte «esto pudo haber pasado en mi pueblo». No sé en Montevideo, pero creo que configura mucho lo que es una ciudad del interior.

—¿Esas instituciones influyeron en tu historia personal?

—Sí claro, iba a los partidos del club de mi barrio, mi padre era directivo, mis hermanos jugaron al fútbol ahí. Sufríamos porque llegábamos siempre a la final pero nunca ganábamos, entonces era como un fracaso atrás del otro, pero todos los años había expectativas. De niña me mandaron a catequesis. Y por otra parte siempre supe dónde estaban esos «bares» de copas, donde vivía el «Cacho» que era el famoso «putón del barrio», son esas cosas con las que, de niño, uno siempre convive.

—O sea que no conocías al prostíbulo desde dentro.

—No, sólo de vista. Pasaba en bicicleta a veces por la puerta, pero nunca fui, obviamente.

—Y ahora tuviste la oportunidad de ver cómo era…

—Exacto, pero lo que más me entusiasma es conocer las historias, llegué a conocer a toda la comunidad trans de Durazno. Pero al final las protagonistas son dos, fueron con las que generé más empatía, vi más compromiso por parte de ellas y me pareció que tenían más cosas para contar y para decir.

—¿Cómo decidiste filmar a los personajes interpretándose a sí mismos?

—Eso fue justamente durante la investigación. No tenía idea de cómo contar la película ni de cómo filmarla, tenía poco material: las escenas de la iglesia y a los personajes que me contaban del pasado. Pero si me sentaba en un boliche a charlar, esas personas-personajes siempre se estaban representando, como que obedecían a algo que ya está dado en la sociedad, responden a los lineamientos impuestos: la travesti es la travesti que de día se esconde y de noche sale, el «Patón» es como el caudillo del pueblo y siempre parece estar actuando, es el que le enseña a su nieto a decirle «abuelo corrupto». Incluso me pareció que ellos mismos, cuando me explicaban lo que había pasado, se movían en el espacio, y me explicaban más desde la acción que desde la palabra. Entonces ahí noté que no podía tenerlos sentados en una silla explicando porque así perderían mucho de lo que es realmente su naturaleza. Allí surgió una suerte de pacto: un juego en el que dijimos «por qué no lo hacemos de esta manera», íbamos al lugar e interpretaban cómo fueron dándose las cosas y cómo se recreaba eso en tiempo presente. Después hubo detalles que tuvimos que arreglarlos con actores: en la historia de amor, obviamente el protagonista, el hombre real, nunca iba a animarse a aparecer, entonces ahí invitamos a un estudiante de teatro para que hiciera ese rol y poder recrear aquello. La idea era apelar a la memoria emotiva de ellos, porque incluso desde la palabra, ¿qué te dice que aquello realmente sucedió? A veces nuestra misma memoria nos hace trampas.

—Los hombres que aparecen como usuarios del prostíbulo, ¿son los verdaderos clientes?

—Sí, los invitó Elisa, la madama. Yo no sabía bien qué hacer, le dije que no sabía a quién traer para esas escenas y ella me dijo «no te preocupes, yo me encargo», invitó a sus parroquianos y ellos fueron y participaron encantados.

—¿No tenían ningún pudor a la hora de ser filmados?

—No, fueron al boliche sabiendo qué se iba a filmar, viendo las luces, la pantalla, la cámara, todo. Yo creo que en el interior hay ciertos pacaterismos que son más bien de la ciudad, del pueblo, o de la sociedad, pero durante el día.

—Hay mucho humor en la película, ¿eso fue algo premeditado?

—Creo que surge del vínculo que tenemos, siempre hubo mucha simpatía y diálogo. Hay cosas pintorescas y grotescas que te hacen reír y a ellos también, reírse de sí mismos, reírse con. Eso se ve reflejado en la película.

resized_npe_9163

—Me acuerdo especialmente de una de las primeras escenas, la del vendedor de películas porno en el prostíbulo, que es realmente muy graciosa, ¿fue guionada?

—Sí, casi todo fue guionado en la película. Yo lo primero que hice fue la investigación averiguando qué ocurrió, paso a paso. Estuve un año entero entrevistándome en profundidad con cada uno de los personajes, y que me contaran de todo de su vida: desde el proveedor de películas porno para Elisa, que es un visitante frecuente hasta el día de hoy, hasta lo que pasó específicamente en el Bella Vista. Creo que está presente ese juego de pasado y presente. Entonces: primero fue enterarme de todo, después armar más o menos cómo me imaginaba la película, una especie de guión sin diálogos pero sí con hitos concretos. Después fui a hacer visita de locaciones, a ver dónde íbamos a filmar. Cuando tuve terminado ese guión general fui a conversar con ellos, con cada uno, y les conté cuál era mi idea y qué era lo que pensaba hacer, si los podía enriquecer de una manera o de otra. Con Agustina, por ejemplo, quería representar de alguna manera su historia de amor y fue ella que me indicó qué lugares podíamos ir a filmar, me dijo que el verdadero Federico se dedicaba a las abejas y entonces salimos a buscar distintos lugares donde hubiera colmenas.

—¿Entonces dirías que los diálogos presentes en la película son producto de tu interacción con los mismos personajes?

—Nunca marqué un diálogo. Fue: «a ver, contame cómo fue esto, qué pasó». Me decían pasó tal y tal cosa; les decía: «a ver, mostrame». Ahí lo que surgía era una improvisación recreando el pasado, en donde afloraban los diálogos. Nunca marqué un «tenés que decir esto». No son actores y creo que hubieran perdido toda la espontaneidad y toda la frescura propia del vínculo que tenían conmigo y con el equipo de trabajo.

—¿Desde un comienzo querías mostrar esa visión global, dando las razones de cada una de las partes o tenías una visión más sesgada del asunto?

—Creo que desde un comienzo podía entender hasta al más malo de la película. De la misma investigación fueron emergiendo los temas de los que me interesaba hablar, que pasan por el prejuicio y por cómo se sufre en un pueblo chico. Y bueno, también la necesidad de amar y ser amados y aceptados. Pero no, la visión sesgada de buenos y malos nunca la tuve. Creo que todos en su medida son víctimas y victimarios y está claro que siempre las últimas víctimas son las travestis. Son también las más frágiles, las más desfavorecidas, las que quedaron en la calle.

—¿Cómo fue la recepción de la película en Durazno?

—Increíble. Fueron tres mil personas, se llenó la plaza central. Fue todo el barrio Durán, salieron ómnibus del barrio del otro club de fútbol que jugó contra el Bella Vista, El Deportivo Yí; fue una organización sorprendente. Y todo lo que sucedió durante esa proyección fue impresionante. Los diálogos entre la gente; no hubo ningún grito desubicado contra las travestis, y ellas, que llegaron con sus mejores ropas, se sentaron adelante. Normalmente se esconden y esa noche todo Durazno no tuvo más remedio que escucharlas. Después de eso, una señora mayor, que es la que se encarga de convertir el lugar en una iglesia, vino diciéndome que para ella era una película muy triste, que no conocía la realidad de las travestis y que su intención tampoco había sido que quedaran en la calle, entonces vino Agustina, una de las protagonistas y dialogaron entre ellas. Agustina le terminó diciendo algo así como «bueno, la vida sigue». Fue muy lindo ese primer encuentro entre dos mundos que conviven en un mismo barrio pero que nunca llegaron a interactuar. El «Patón», que es como el hilo conductor de la película -es el que fue directivo del club, el que se encarga de echar de ahí al prostíbulo y el que después se apropia del lugar y se lo da a la iglesia- me dijo que él seguía pensando que había obrado bien pero que iba a tener que cuidarse cómo hablaba. Un vecino había ido a hablarle y le dijo «mirá, tengo que decirte algo, yo tengo un hijo que es homosexual y para mí no es ningún enfermo, ningún loco». El «Patón» me contó: «¿Te das cuenta?, un vecino al que yo respeto mucho»… La misma sociedad se animó a decirle cosas, a hacerle frente, cosa que nunca había hecho a pesar de que él siempre se pasa haciendo chistes discriminatorios. Esa impunidad de alguna manera se revirtió.

—Entonces decís que no cambió su percepción a partir de la película…

—No su percepción sobre los hechos, creo que sí su percepción sobre las travestis, por ejemplo me dijo que le parecía muy loable lo que estaba haciendo Fabiana, criando a ese niño. Yo creo que hay ciertas personas que no cambian, pero yo tampoco apuntaba a cambiar esa mentalidad, sino quizás a construir nuevas…

resized_npe_9179

—¿Creés que a nivel general pudiste cambiar la percepción?

—Creo que sí, que hubo claramente un cambio. Por ejemplo, Fernando Epstein, el editor, me contaba que en esa primera proyección tenía a su lado una pareja. Cuando el primer diálogo de Fabiana y Malba (la madre biológica del niño dado en adopción), Malba decía «qué va a pensar la sociedad, que lo cría una travesti», y al parecer el hombre en el público dijo «y sí, claro, obvio», pero después en la escena de la travesti preparando a su hijo adoptivo para ir a la escuela, la mujer le dijo al tipo «pero mirá, aprendé vos que nunca aprendiste a atar una moña». Como que de alguna manera hubo en el mismo transcurrir de la película un camino hacia el respeto. Yo no creo que el cine sea capaz de cambiar la mentalidad de toda la sociedad pero creo en la función social del cine y que, esa noche en particular, existió.

—¿Y qué pasó con las travestis?

—Después de la proyección los entrevistaron por primera vez para el diario local, salió una nota enorme, muy linda, en la que contaban la dificultad enorme de inserción laboral y que por ser travestis no tenían más remedio que salir a hacer la calle. Siguen con graves problemas de inserción laboral pero ahora ellas me cuentan que en Durazno la gente las para y las saluda, son reconocidas y llamadas por su nombre. Eso es muy bueno para su autoestima.

—Contaste en la coproducción con el habitual director de fotografía de Werner Herzog, Thomas Mauch, ¿cómo se dio tu vínculo con él?

—Lo conocí en el Bafici en el Talent Campus del 2010, cuando yo ni siquiera sabía que había ganado el premio del ICAU (Fondos de fomento) y le conté de mi proyecto. Ahí nos hicimos muy compinches, quizá por nuestro amor común hacia Italia -el fue concebido en Italia y yo viví tres años ahí-. Es una persona muy curiosa, un hombre con 75 años que no ha perdido la capacidad de sorprenderse. Meses después apareció preguntándome en qué andaba mi proyecto. Le conté que habíamos conseguido algunos fondos para empezar a filmar y me ofreció coproducir, le dije que por supuesto que sí. Vino a Uruguay y me acompañó en buena parte del proceso.

—¿Dirías que influyó en los resultados?

—Influyó sin dudas en el recorrido de la película, esto en un principio iba a ser un contenido de televisión, iba a ser casi que un unitario televisivo y el hecho de entrar en co-producción con Alemania redimensionó el proyecto.

—Por razones obvias tu película puede ser vinculada con el cine de Aldo Garay, ¿sentís que hay una relación ?

—No… Aldo me cae muy bien, me gusta mucho su cine, pero creo que es totalmente diferente la forma de retratar esa realidad en esta película… ¿vos qué pensás?

—Creo que sí, que hay una calidez y una aproximación muy humana que en lo personal me remitía directamente a Garay…

—Vi El Casamiento (2012) cuando ya había filmado El Bella Vista, la verdad es que me hubiese gustado conocer a Aldo antes para conversar más, pero creo que no, que si hay algún punto en común tiene más que ver con la temática y con lo uruguayo, de hecho las películas que habían visto de Aldo no eran sobre travestis…

—¿Qué experiencia tenías en cine antes de El Bella Vista?

—En cine ninguna. Cero. Trabajé en Italia dos años rodando una serie sobre la maternidad, en un hospital de Bologna. Eso tenía la estructura y el desarrollo de lo que vendría a ser un documental clásico, eran historias de vida de mujeres embarazadas, médicos, parteras, enfermeras, y teníamos tiempo para desarrollar las distintas historias que se entretejían. Eso me sirvió como escuela de vida y para aprender a encontrar y contar historias. Después filmé cortos, para facultad y en Italia, pero entonces la idea de hacer cine me parecía lejana e inalcanzable. Una vez gané la Movida Joven montevideana con un documental sobre un enllantador de ruedas de carro en Tacuarembó. Fue mi corto de egreso, pero eso fue lo más cercano a “presentar” el corto en público. Era pura acción, el hombre trabajando, sin entrevistas ni voz. Al final nomás el hombre probaba la rueda y decía “cómo canta la ruedita”.

Cuando me fui a Italia, que me fui a hacer un máster en audiovisuales, trabajaba mucho el audiovisual como instrumento educativo, estaba vinculada al área social, a la comunicación comunitaria, concretamente. A El Bella Vista lo pensé como un contenido de televisión.

—¿Cuáles son tus próximos proyectos?

—Ahora estoy trabajando en un corto para tevé CIUDAD que es sobre huellas de la dictadura en el presente, filmado por siete realizadores uruguayos, Apuntes salteños. Ahora tengo ganas de hacer algo bien distinto a lo que es El Bella Vista. Quiero recorrer otras formas, de hecho lo que hice fue filmar espacios vacíos, no gente, pero sí en base a historias de vida de Salto. De cómo se vivió en el interior, que siempre parece que en el interior no pasó nada, es como que en el interior todas las cosas quedan más congeladas, pasan menos cosas y por ejemplo esto de la dictadura era gente que no tenían los recuerdos ni olvidados ni sepultados, mi abuela me decía que son recuerdos dormidos. Y de repente empiezan a aflorar y están tan a flor de piel que te das cuenta que en un pueblo tan chico te podés cruzar sin problemas con el torturador, con el sargento, como si nada y todos saben quién es, son vecinos del mismo barrio y siguen viviendo ahí.»  El año pasado filmé otro corto, El hilo, para el proyecto Why poverty?, que presentamos en Cinemateca este año y ganamos el premio de Mejor Cortometraje Uruguayo. Tengo otras ideas, pero no las quiero decir aún.

—¿Qué aprendiste de tu experiencia con El Bella Vista?

—Cuando yo me enteré de la historia de Fabiana me hablaron de una travesti que era madre y tenía un hijo. Cuando supe de eso quise conocerla inmediatamente, pero pensando también en lo que debía sufrir el niño en esa situación, por la discriminación en la escuela, etc. Eran prejuicios míos. Cuando llegué a la casa me encontré con una madre y su hijo, con un vínculo de amor. Eso fue maravilloso, entonces puedo decir que ese fue uno de los principales aprendizajes.