ADRIÁN BINIEZ

Cineasta de dos orillas

  • Texto: Diego Faraone
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  • Fotos: Nicolás Pereyra
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  • Video:Santiago Olivera
  • Nombre: Adrián Biniez.
  • Profesión: Cineasta.
  • Filmografía: '8 horas' (corto ficción, 2006), 'Total disponibilidad' (corto ficción, 2008), 'Gigante' (largo ficción, 2009).
  • Referentes:
  • Proyectos: 'El 5 de Talleres' (largo de ficción, en postproducción).

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Su ópera prima, Gigante (2009), cosechó tres premios en Berlín y fue distribuida a lo largo y ancho del mundo. Pese a ese sorprendente recibimiento Adrián «Garza» Biniez es un tipo llano y afable. Lector voraz de revistas de cine, sus diálogos oscilan una y otra vez desde la cita cinéfila al chiste irónico. Según cuentan y él confirma en esta charla, durante el rodaje de su última película, El 5 de Talleres, estuvo especialmente tranquilo, como si al filmar se sintiera realmente en su elemento. Argentino de nacimiento pero instalado en el Uruguay, Biniez cuenta cómo siente que la dirección fue su auténtica vocación, cómo fue adentrándose en el proceso cinematográfico y algunos detalles acerca de sus obras.

—Naciste en el barrio Remedios de Escalada, ¿hasta qué edad estuviste ahí?

 —Hasta hace 10 años atrás, hasta los 29.

 —¿Viviste en la capital?

 —No. Escalada es en Lanús, es bastante cerca del Microcentro, estás en tren y subte en cuarenta, cuarenta y cinco minutos (suponiendo que es un día en el que que todo fluye bien). Pero como todo suburbio es medio localista. Tuve amigos que habían cumplido los 21 años sin haber ido nunca a Capital. Y tengo amigos ahora que tampoco van nunca, se mueven en el círculo Lanús-Lomas; entre los dos partidos hay un millón de habitantes. Es algo así como acá Sayago o Lezica. Y es continuo urbano, puro cemento, ni un árbol hay, pero yo le tengo cariño porque nací ahí.

 —¿Y en Escalada cuánta gente hay?

 —Debe de haber 90 mil habitantes, más o menos.

 —¿Estudiaste allá?

 —Sí, la primaria y el liceo (que no lo terminé nunca) los hice en Escalada. Y hasta los 29 nunca me moví de ahí.

 —¿Y qué te hizo venirte para acá?

 —Primero empecé a venir con el grupo de rock con el que tocaba, Reverb. En 1999 toqué por primera vez en Uruguay, justo nuestro manager era Uruguayo y nos trajo acá, a tocar con Exilio Psíquico. Conocimos gente y de ahí en más empezamos a venir con cierta continuidad. Tocamos con La Hermana Menor varias veces y empezamos a tener un grupo de amigos. Fue en el 1999 mismo que conocí a Juan (Pablo Rebella) y a Pablo (Stoll), en un toque, y ahí empezamos a hablar de cine. A mí siempre me gustó el cine y justo ellos me contaron que estaban haciendo una película. Una vez vine (era mi cumpleaños) y me tuve que quedar en la casa de Stoll porque tuve un problema con el Buquebus, y en el 2003 me llamaron para actuar en Whisky, -una boludez, aparecía tocando un teclado-. Después conocí a Leonor Svarcas, entré en una relación con ella y me vine a vivir para acá.

 —¿Y por qué decidiste quedarte?

 —No sé, me acostumbré mucho. Al principio me pasaba la gran porteña, que todo me parecía lindo, me encantaba todo, idealizaba un poco el país. Ahora después de diez años ya estoy más uruguayizado y digo «qué mierda» más seguido…

 —Pero no te volverías…

 —Por ahora no.

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 —Entonces, ¿poco después de conocer a la gente de Control Z empezaste a trabajar con ellos?

—Sí. Yo desde chico siempre tuve la idea de ser director de cine pero en Argentina, en el ’92 y ’93 me desencanté bastante. No era como ahora que hay escuelas de cine en cada esquina, sino que estaba el Enerc que tenía una cuota de veinte personas -ni de pedo iba a entrar-, recién empezaba la Universidad del Cine que era carísima y la Escuela de Avellaneda. Una vez la Escuela de Avellaneda empezó en Lomas una experiencia piloto, aburridísima, pura teoría, porque no tenían un mango para los equipos. Eso fue nefasto, me quedé con la idea de que hacer cine era algo propio de gente de guita, algo para unos pocos. Cuando conocí a Pablo y Juan, cuando vi que la realidad uruguaya era muy diferente a la argentina, me di cuenta que se podía hacer. Mi vínculo y mi amistad con ellos continuó, yo me puse a escribir guiones (muy malos), ellos empezaron a hacer Whisky y al mismo tiempo desarrollaban con Inés Bortagaray una idea de una serie de televisión, El fin del mundo, pero como estaban hasta las bolas con Whisky me dijeron a mí que termine de escribir con Inés. Fue la primera vez que empecé a escribir a conciencia, y aprendí mucho, estuvimos como un año escribiendo a cuatro manos. En ese período también escribí Gigante.

 —Esa serie, El fin del mundo, ganó un Fona y hasta fue filmada ¿Nunca tuvo difusión?

—Cuando terminamos el guión con Inés quedó a cargo Diego Arsuaga que era el director y productor del proyecto, ahí sé que pudieron filmarse seis capítulos (de trece), pero no sé si no dio el presupuesto o qué pasó, y quedó el asunto a medias. No sé quién tendrá ese material.

—No sé si es algo casual, pero las películas que pudimos ver de tu autoría tienen todas que ver con el universo laboral, incluso Stoll llegó a decir que lo tuyo es la «comedia laboral» ¿Qué pensás de eso?

 —Sí y no. Yo vengo de una familia de clase obrera y siempre tuve problemas económicos y tuve muchas dificultades para insertarme y conseguir laburo. También por la edad que tengo, me comí todos los ’90 argentinos, la crisis, era muy difícil ser pendejo y conseguir laburo, aunque fuera un laburo de mierda. Me imagino que eso te marca un poco, no en el sentido de querer hacer historias con un «contexto social» sino porque es algo que te surge. No es que estás con la idea de hacer un cine de denuncia sino que tendés a mostrar vivencias personales. Mi primer corto, 8 horas (2006) estaba basado en una experiencia de mi papá -medio matizada porque era más fea aún la historia que había pasado él- y el segundo, Total disponibilidad (2008), que trataba de una mina que buscaba laburo. Ese lo hicimos tres meses antes de Gigante y la onda era probar a todo el equipo. Éramos Arauco Hernández, Alejandro Castiglioni y yo como cabeza de equipo, todos primerizos. Entonces para probar si funcionábamos y no hacíamos cualquier desastre filmamos primero ese corto, que tenía escenas parecidas a las de Gigante: había una persecución, un travelling. Incluso también probamos a Horacio Camandulle, no le habíamos dicho nada de Gigante pero lo llamamos para el corto, y marchó bien.

—Tanto en 8 horas como en Gigante elegiste protagonistas masculinos especialmente corpulentos ¿Creés que ese tipo de complexión aporta significativamente en la cuestión cinematográfica?

 —Con Horacio se dio que el personaje ya tenía que ser grande desde un principio, grande y alto. El de 8 horas es Fernando Alonso pero lo elegí más bien porque se parecía a mi viejo en cierto sentido. Justo en la película que hice ahora el protagonista (Esteban Lamothe) es futbolista y también está grande, pero capaz es más casualidad que otra cosa.

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—Me resultó curioso que el protagonista de Gigante fuera metalero y a la vez un tipo tan tranquilo. Y me da la impresión que jugás un poco con esta dualidad y con la posible peligrosidad del protagonista ¿Lo buscaste como una fuente de tensión?

—En primer lugar te digo que los metaleros que conozco son todos buenísimos. Pero sí, la idea un poco era jugar con esa peligrosidad. Me pasó también que cuando con Control Z decidimos que el protagonista fuera Camandulle había cierto resquemor porque tiene como cara de buenote, pero yo quería eso. Creo que con otro tipo de cara las escenas podrían haber sido mucho más densas y menos ambiguas. La cara de Camandulle ayuda en este sentido. Cuando estrené Gigante en Estados Unidos fue en el único lugar en el que mi hicieron preguntas -que yo en un principio no entendía- porque veían como algo muy reprochable que el protagonista siguiera a la mina. En fin, tienen una cultura medio paranoica, y si bien puede parecer algo amenazante al principio yo creo que enseguida queda claro que no es realmente peligroso. Más bien es un tipo tímido, con un encare de tipo romántico, te diría.

—Se dio que Luces del atardecer, de Aki Kaurismäki también trataba sobre un guardia de seguridad que se enamoraba de una muchacha, y es una película que salió bastante antes de Gigante, ¿cómo te pegó eso?

Cuando me enteré me quería cortar las bolas. Pero te digo una cosa, cuando vos empezás con una película empezás a detectar muchas cosas de ese tipo. Vi un corto suizo que trataba de una cosa similar y después otra película más. Empecé a ver la de Kaurismäki y cuando empezó me asusté, dije «no puede ser, es lo mismo» pero después a los 15 minutos vi que la historia iba para otro lado y ahí respiré aliviado.

—¿Querés a todos tus personajes?

 Sí. Me parece que es algo esencial.

—O sea que nunca hiciste un personaje del que te sintieras distanciado o que no te cayera bien…

Hasta ahora nunca. Y no sé si podría hacer un personaje que no me guste. Más allá de que hagan cosas completamente cuestionables, aún así hay algo que me atrae y trato de darles las mismas oportunidades que a los demás. A mí no me cabe eso de caerles con la vara moral.

—¿Aún al taxista que le dice guarangadas a Leonor Svarcas en Gigante?

Sí, sí, era en parte un gag, pero también me gusta retratar eso, aunque nunca lo he hecho. Yo soy muy fanático del género policial (noir, mafias), y trato de escribir seguido guiones, pero me cuesta un huevo matar a los personajes y termino sin saber qué hacer, se me complica resolver esos asuntos.

—Hasta el momento Gigante había sido la única película en ganarse tres premios en la Berlinale ¿Cómo te hace sentir esto?

Yo creo que es verso eso de que había sido la única. Creo que lo chequeé en su momento y vi que había otra que también se había llevado tres premios. Creo que es una bola que se corrió y que estaba infundada.

—Lo que te puedo decir es que La separación (Asghar Farhadi) seguro se llevó mucho más…

Y La separación es una película mucho más importante, también… Nos ayudó que también en ese momento se había inventado el premio a Ópera prima y nos lo llevamos.

—Pero el hecho de haber ganado tres premios simultáneos en Berlín te sitúa como uno de los cineastas más premiados de la región…

Puede ser pero ahora ya no se acuerda nadie de eso. Los premios sirven para publicitar el lanzamiento de la película. No me quiero hacer el humilde, está buenísimo, en su momento flasheamos. El tema es que cuando empezás a integrar jurados te das cuenta de que los premios no son algo tan meritorio. Quizá la película que gana el primer premio fue la segunda opción de todos los jurados, pero no hubo un acuerdo en las que cada uno consideraba mejores

El 5 de talleres fue filmado en Escalada, donde naciste ¿Cuánto de tu vida habrá volcado en la película?

Un… 37, 3 %. Te cuento de qué va la película: Talleres de Escalada es un equipo de la Primera C, que vendría a ser la cuarta categoría del fútbol argentino. Yo tenía un amigo que jugó durante mucho tiempo ahí, fue capitán, y otro compañero del secundario también fue capitán en esa época. Es un equipo en el que traté de jugar básquet cuando era pendejo, pero era horrible y me echaron a la mierda. La película trata de un jugador que llega a los 35 años y decide retirarse. Porque es una categoría semi profesional donde los sueldos no te permiten vivir, comúnmente tenés que tener otro laburo para vivir. Tomé algunas cosas de la vida de mi amigo: el protagonista trabaja fumigando como él. La película empieza en el momento en que él decide retirarse, en los últimos dos meses y medio de su carrera, que coinciden con el fin del campeonato. A partir de ese marco, aunque parezca una película deportiva está muy centrada en la relación de pareja. Ahí sí, metí muchas cosas mías también, cosas que me sucedían. Es un mejunje de cosas mías, de mis amigos y de cosas inventadas. Pero en un barrio en el que me crié, con una importante dosis de realismo.

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—En internet encontré información sobre un tal Antonio Biniez, futbolista de Talleres ¿Qué era tuyo?

Un tío abuelo, fue capitán en el ’50 y pico. Mi vínculo con Talleres es de familia.

—¿Fue más complicado filmar en Argentina?

En el momento del rodaje estuve muy tranquilo, mucho más relajado que en Gigante. Pero hay diferencias, allá están sindicalizados todos los trabajadores, tenés que respetar ciertas normas. En Control Z igual siempre se ha respetado mucho al trabajador, no excederse con los horarios, pagar en fecha, esas cosas. Pero lo que en Uruguay hacés bien por méritos propios, allá está reglamentado y es un mundo mucho más compartimentado, cada cual hace su tarea.

—Oí que para ahorrar plata filmaron escenas como en El estudiante (Santiago Mitre), metiendo a las cámaras y a los actores en un partido real…

Más que para ahorrar plata te diría que para darle realismo. Allá hay un sindicato de extras y los extras son caros, no te digo que eso no influya, pero para hacer un marco real, un partido real, necesitábamos gente que reaccionara espontáneamente y lo que hicimos fue usar un campeonato real de la Primera C. Talleres nos apoyó mucho, y también los otros equipos, nos prestaron sus camisetas, sus casacas, nos habilitaron las tribunas con entrada gratis para que se fuera llenando el estadio, jugamos mucho fútbol y a las 13 más o menos empezaba el partido oficial con el equipo oficial, nosotros nos fuimos pero también seguimos filmando desde arriba, de forma que en esas tomas no se notara que habían cambiado los jugadores. Nos hicimos equipos propios con jugadores profesionales que salían del Sindicato de Agremiados (como la Mutual de acá), un lugar en donde hay jugadores que quedan libres de todas las categorías y que van ahí todos los días para no perder el entrenamiento. En la película vas a ver que sale el equipo oficial del túnel, los dos primeros son los dos actores Lamothe y Alfonso Tort, y atrás está el equipo oficial. Fue todo un laburo. Pero te digo que ni Hollywood podía generar escenas con tanta gente, el presupuesto se volvería inalcanzable.

—Si tuvieras que señalar un defecto o carencia del cine nacional, ¿cuál dirías que es?

Creo que falta una sala de cine que se especialice en cine uruguayo. Que pueda mantener las películas en forma prolongada. Es muy difícil que las películas uruguayas puedan competir en un cine comercial con películas como Iron man. No creo que ayude a que haya más producción ni que vaya más gente a verla, simplemente creo que un cine así puede ayudar a que las películas tengan más posibilidades de encontrarse con el público.

biniez_original002—Ronald Melzer intentó hacer eso en el Cine Central y fracasó…

Ya sé. Yo creo que hay que insistir. Quizá no era el lugar, pero tengo la idea de que hay que volver a hacerlo.

—Pero lo que señalaste sería un defecto de la difusión, y no de la creación…

—Es que no sabría que decirte ¿Para vos qué es?

—Yo creo que hacen falta mejores guiones, más originales.

No sé, yo creo que muchas veces cuando parece que faltan guiones son los directores los que no están haciendo las cosas bien. El guión es muy importante, pero un guión bueno te lo puede hacer mierda un mal director. Es difícil saber viendo la película, capaz el guión originalmente estaba bueno. Y una gran idea puede ser un guión de mierda también, y una idea trillada puede estar maravillosamente narrada y dirigida.

—¿Entonces vos dirías que hay una falta de profesionalidad de los directores en el cine nacional?

No, porque yo no dije que los guiones fueran malos. Lo dijiste vos.